jueves, 27 de septiembre de 2007

Reflexiones

©Anita Junge-Hammersley

amanecer de sueño sobre Chile
cabeza de alfiler rojo amaranto
en la bóveda negra del espacio
una aguja vertical en mi llanto

me atravesó tu pluma el alma
de gitana viajera con pena
soñé caminando juntos
por la playa de mojada arena

supe de sueños y esperanzas
la vida una dura escuela
en mi campo de infantil vagancia
me lo dijo de niña mi abuela

los romances nos hacen volar alto
como globos de colores que suben
y a menudo lo obvio eluden
la inevitable caída al mar

El Mira Piernas

©Anita Junge-Hammersley

Esta mañana llegué desde Huechuraba por el camino malo a la rotonda de la Pirámide, y como siempre, el jefe del paradero de micros me saludó amablemente. Le chifló al conductor de turno quien desplazó la máquina del recorrido 652 frente a la caseta. –Suba señora para que no pase frío, no ve que se puede enfermar, dijo. Salimos en cinco minutos. –No se moleste le dije, me hace bien caminar un poco. –Es que me gusta verla subir, tan graciosa que es, dijo. Sin decir ni pío, le di en el gusto.

El Mejor Regalo

©Anita Junge-Hammersley

Un sábado de diciembre invitamos al Memo con la familia y amigos a una sesión musical que incluía el bufé frío y un vinito. Mi padre, la señora y mi hermanito de un año y medio habían llegado hacía dos semanas y se sumaron al grupo. Los niños se entretenían en los varios ambientes de la casa. Cuando llegó el momento de repasar nuestro repertorio, contábamos con tres guitarras, un charango, percusión y una quena. Era un agrado compartir el amor por la música con gente tan simpática. En un momento dado, mi Viejo se retiró a leer.

A eso de las diez de la noche escuchamos voces entonando cánticos navideños y el sonido típico de campanitas. Nadie había tocado el timbre y de eso se trataba, de atraer a las personas que tenían el espíritu afinado al mensaje que traían: compartir el calor humano. Fui a abrir la puerta, seguida por todos los presentes. Hacía mucho frío y el pequeño coro cantaba como si nada. Nos apiñamos en el marco y escuchamos las voces cálidas y sinceras. El Papi llegó lentamente con su esposa y no podía creer lo que veía y escuchaba, puesto que en Chile no existe tal costumbre. Cuando terminaron de cantar, los aplaudimos agradecidos. Les servimos una taza de chocolate caliente y les pedimos que aceptaran nuestro regalo:

–Somos inmigrantes Sudamericanos y músicos de fin de semana –les dije, y desde la puerta entonamos tímidamente un Noche de Paz, cuyo volumen y voces en soprano, alto, barítono y bajo, aumentaron a lo largo de los versos. Los coristas abrieron grandes los ojos y se quedaron con la boca abierta, y luego nos dijeron que no habían imaginado recibir tal regalo de parte de otro coro, con amor y sentimiento. Nos abrazamos todos con gran emoción. Esa noche el ensayo fue extraordinario, no hubo ni un error, las voces afiatadas, los corazones contentos.