jueves, 3 de febrero de 2011

Recuerdos de Iquique

©Anita Junge-Hammersley

Salimos de Santiago con destino a Iquique, un día martes en la mañana. La compañía invitó a mi padre para hacerse cargo de las goletas en pleno auge de las anchovetas. Al pisar la loza del aeropuerto, supe que llegamos a un lugar diferente, miro a todos lados, con mi guitarra que no suelto, maravillada ante las olas enormes del mar que había visto desde el avión, reventando en la playa a metros del cabezal de la pista de aterrizaje y al mismo tiempo sentir el contraste del calor seco que irradian los cerros áridos de tonos amarillos, los que nos separan del desierto. Venía preparada para absorber lo que veía en el camino al hotel con la familia en dos taxis, pero no así el aire nauseabundo de la ciudad, producto de las faenas pesqueras, algo difícil de ajustarse. Al día siguiente nos inscribimos para el nuevo año escolar en los respectivos liceos puesto que en los colegios de Iquique no se aceptan niños laicos, nos dijeron, un favor que cambiaría mi existencia a lo largo del tiempo. Finalmente mis padres arrendaron una casita temporal para los seis, frente al galpón en donde practican las danzas para la fiesta de la Tirana con el ritmo sin cesar, hasta el mes de julio, de día y de noche, por turnos. No nos permitieron presenciar parte de los ensayos. Al final de cuentas nos acostumbramos a no escuchar el ritmo infernal.
Dentro de nuestras nuevas rutinas, el liceo, acompañar a mi madre, aportar mi cuota de tareas en casa, me encuentro descubriendo la ciudad y al mismo tiempo me siento lejos de todo, como en otro planeta, por la distancia y la tremenda diferencia en la vegetación y en la arquitectura peculiar, un lugar aislado en donde no sirven pasteles con crema, puesto que no la importan, dado el calor durante la mayor parte del año. Bolivia y Perú están más cerca que nunca, por lo cual hay una presencia militar fuerte, aparentemente tranquila, proveedores de eventos sociales para darle la vida a la ciudad.
Desde que nos cambiamos a la antigua casa centenaria frente a la catedral, con sus claraboyas en cada pieza y en el salón enorme, una suerte de vivir ahí, con el patio de sirvientes completamente carcomido por el ambiente salino de tantos años, y en lo que fuera alguna vez la embajada del Perú, converso a menudo con mi padre sobre lo que nos espera en esa ciudad antigua con tantos secretos, como por ejemplo el túnel emparedado hacia la catedral que está al fondo del pequeño patio con enredaderas. Él es un hombre leído en historia y en filosofía y entiendo su manera de pensar. Un radical masón, me inculca valores universales, y se entretiene con mis preguntas. Sabe que tengo un buen criterio a mi edad. Es reservista en la Fuerza Aérea y goza volar en escuadrones una vez al año. Los domingos es instructor de vuelo, su gran pasión. Cuando se relaja, es bueno para la tanda y tiene muchos amigos. Mi madre es una magnífica dueña de casa, tiene una pasión por la literatura, me inculca las artes a través de recortes, revistas, enciclopedias, conocimientos de una vida, sobretodo la música clásica, en particular la ópera, un lazo que nos une profundamente. No viajamos al extranjero, ni tuvimos la posibilidad de viajar, sólo visitando los abuelos en el sur y a veces a la playa, hasta mis once años. Conversando es como se transmite la información en casa, observando el camino, recordando a mi abuela Elena, la cual dejó este mundo sólo hace dos años, un vuelco en mi vida, el que me permite desconectarme del resto a voluntad, encontrando refugio en otra dimensión.
Caminando a clase por calles diferentes, me impresionan las casas planas de Iquique, de uno o dos pisos, con sus techos de latón que permiten evitar el calor, las fachadas desgastadas con tonos sepia, sobre lo que pareciera una bandeja de piedra y arena, apenas sostenida por los cerros altos que acechan el ir y venir de sus habitantes, de los barcos, los botes y las goletas, controlando el sol y la camanchaca, manto de nubes etéreas que cobijan las ánimas en pena de los mineros de Santa María.
En cuanto a las actividades sociales, puesto que Iquique está de fiesta todo el año, y que nadie puede darse el lujo de no ser visto, me permite asistir a eventos con mis padres. Si ellos no pudieran ir, envían a un chofer a buscarme, para mi protección, cosa jamás vista en mi vida. No puedo negarme, ni tampoco creer el nivel de comodidades que gozan los miembros de las fuerzas armadas, a partir del grado de capitán a general. Encontrarse en una esfera de amabilidades políticas deslumbra a los recién llegados, hasta que caen en el juego de las apariencias y las conveniencias. Es un mundo limitado y extremadamente controlado, casualmente cálido, una gran familia para los afuerinos que vienen a recoger sus cornucopias personales, incluyendo militares elegidos que instruyen a tenientes elegidos para asegurarles un futuro heroico en la sexta división, el puntal de la defensa en el ajedrez americano que juega a ganar. Madura para mis años no digo nada, pero no me pierdo ninguna conversación con los tenientes quienes por vanidad hablan más allá de lo conveniente, ufanándose sobre los entrenamientos en el país del norte. Ese medio no me agrada y mi imagen sobre las fuerzas armadas cambió en forma definitiva. Lo anterior contrasta brutalmente con las realidades de mis compañeras del liceo, quienes llegan desde las Oficinas, muchas de ellas sin desayunar, sacándose malas notas debido al hambre, la escasa motivación y la falta de apoyo de sus familias que no tienen más que su pobreza y la ausencia total de esperanza, para ellos y sus hijos. Algunas se desmayan en clase. Entre las alumnas y profesoras que pueden, proveemos motivación y apoyo, eliminando las carencias de las compañeras de curso, ayudándolas con las tareas, y desayunos, para que pasen el año. Participamos en varias actividades del liceo, típicas de pueblos chicos, desfiles de disfraces hechos por nosotras mismas, con una creatividad extraordinaria y con la ayuda de los presos que nos confeccionaron los sombreros de fantasía para los festivales.
El día de mi cumpleaños catorce, mi padre me propone reservar tres horas del día siguiente, para una sorpresa. Esa tarde tocan el timbre y mi padre abre la puerta. Una citroneta con dos individuos espera, el otro joven lo saluda con deferencia. Hija, me dice con su voz baja, éstos jóvenes te van a acompañar, dice, tomando mi mano en las suyas y entró a la casa. Partimos hacia un lugar secreto con mis ojos vendados perdida en el enredo de calles para no saber a dónde me llevan, y al llegar me guían por pasillos y escaleras, hasta una sala en la que me dicen que no me preocupe. De pié en medio de un silencio absoluto, un varón me hace preguntas a las que respondo con lo que me soplan y eventualmente me sacan la venda. Se trata de mi iniciación, una ceremonia masónica, templarios a lo largo de las paredes, calaveras y huesos dispuestos sobre la mesa, velas, encantaciones extrañas, invitándome a indicar mi deseo de integrarme al grupo. Acepto. Es el momento más impresionante de mi vida, porque mi padre, me ofrece el regalo más querido, su confianza en mis capacidades, bajo el alero de la Federación Laica Estudiantil Chilena. Desde ese día paso los fines de semana con el grupo en una casa antigua, con tablones sueltos, preparando y leyendo ensayos sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad, mientras mis amistades se broncean en la playa.
Aunque no lo supe en ese momento, la experiencia que acumulara durante los dos años en Iquique me prepararía con creces para los eventos que precedieran la pesadilla grande de 1974, siendo yo junto a mi familia una de tantas que fueran dispersas por el mundo.
De vuelta en Santiago no fui al colegio privado, sino al Liceo 9, en donde participé en episodios teatrales con mis compañeras de curso. Una vez graduada, trabajé en el sector privado a título de secretaria y a los dieciocho años me casé. Mi marido y yo trabajamos para el partido y en un evento de mujeres que tuvo lugar en el edificio de la UNCTAD, me encontré con tres compañeras del Liceo 9, quienes me dijeron qué haces tú, no esperábamos encontrarte acá, y me abrazaron con gran alegría. Después de tanta emoción me topé con Berta, del Liceo de Iquique, quien se abalanzó sobre mi persona, feliz, llena de noticias, entre ellas, que mi profesora de castellano Ester Guerra, se había casado y que era comunista, tanto así como mi querida directora la Sra. León. La alegría fue tremenda y guardo el recuerdo de todas ellas, por siempre, esperando que estén vivas y bien.

domingo, 3 de mayo de 2009

Las voladas de Alexa

©Anita Junge-Hammersley

No conozco a nadie que le guste levantarse temprano y menos ir al gimnasio a esa hora. El ejercicio me ayuda a relajarme. Flora no llegó. No me sorprende. Salgo del lugar para retirar una encomienda a las ocho. No hay un alma en el correo. Presento identificación y me entregan una caja chica, que no pesa nada. Con el bulto bajo el brazo, cruzo la calle hacia el café del frente, para servirme un bocadillo con un café espreso y la miro sin ganas. Vamos a descubrir su contenido con mi abuela. Además no conozco el nombre del remitente. No entiendo porqué me enviaron una encomienda, si no conozco a nadie en Chile. Nunca fui. Mi abuela solía viajar año por medio, para ver a la familia. Ahora prefiere quedarse en Toronto y esperar que vengan a verla. Pago la cuenta y salgo del café, respirando el aire fresco de la primavera que viste botones verde limón en los árboles del parque contiguo, y veo los semáforos descontrolados, mientras interviene la policía y vuelvo al café, junto al ventanal, esperando que pase la ola de tráfico.
La gente en tenidas primaverales, a pesar del frío de locos a principios de mayo, siguen el calendario que indica que estamos en primavera. Andan tan apurados que no les importa que el viento del norte siga entumiéndonos, aunque vistamos lanas, viscosa o algodón. Qué afán es ése, el de seguir las estaciones según el calendario que no han puesto al día, en vez de fijarse en lo que está pasando con el medio ambiente, de cómo cambia la temperatura en un mes en que no corresponde, si la primavera está fría o no, si los tulipanes toleran el frío y luego hace un calor que desilusiona a los turistas cuando descubren un mar de pétalos chamuscados en la tierra gracias a los goterones primaverales que caen sobre las flores durante la noche, a pesar de que el día está precioso y no queda nada que fotografiar.
Hace una punta de años que se habla de este peligro y nadie se preocupa. En una de esas subirán las aguas más rápido de lo que pensamos porque el clima cambia de a poco todos los años, sin darnos cuenta, algo así como ver crecer a los niños, y de repente no podemos conversar con ellos, a menudo más altos y sabios que nosotros, quienes no están de acuerdo con nuestra visión en diferentes planos. Así será que, aunque tome tres mil años, un día nuestros descendientes se vean obligados a vivir en barcas habitables, o los más afortunados en una de las casitas flotantes de Seattle, siempre y cuando no se haya desplazado la placa del Pacífico que se desliza lentamente bajo los Estados Unidos, afectando al resto del continente, que como se sabe, hará desaparecer porciones importantes de la superficie del país, equivalente a la mitad del mismo hacia el este, con impacto en los países vecinos y a medida que pase el tiempo, la civilización de California, la primera víctima junto a sus cavas de vinos y los túneles de piedra cavados a picota por esclavos chinos, para la protección del proceso de fabricación de una copia del champagne original francés. Los museos de San Francisco y sus tesoros, junto a los de otras ciudades a lo largo de la inmensa costa, incluyendo los barcos dedicados a la caza de focas, que zarpaban desde la bahía de San Pablo hacia el Atlántico Norte, podrán encontrarse quebrados bajo su formidable peso sobre las torres de roca del desierto, en el acuario en evolución permanente del nuevo paisaje submarino, el cual guardará el secreto de las estatuas milenarias, el contenido de las viviendas, los monumentos al deporte y los rastros de tecnologías que aún no conocemos, todo parte de otro futuro, el de los descubrimientos gracias a los arqueólogos encargados de etiquetar lo que puedan de la Atlántida del Pacífico. El rescate de tan precioso legado estará a cargo de equipos de buzos bajo el alero de consorcios globales, los cuales van a construir museos flotantes, incluyendo hoteles, con la intención de mostrar al mundo la historia de la California desde sus comienzos más humildes hasta su potencia económica, a través de las reliquias recuperadas del nuevo fondo marino, bajo las mareas furiosas del Pacífico Norte, las que no entregarán fácilmente su botín a lo largo de las playas desde el Dakota Norte, siguiendo hacia el sur hasta Tejas y Méjico, según el mapa obtenido por satélite mediante el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) que fue difundido en un programa del canal de televisión Discovery, el cual permite ver una proyección del continente norteamericano en tres mil años más, en donde no se ven rastros de los estados desaparecidos, bajo las aguas azules. Los tres mil años pueden convertirse en sólo mil, lo cual podría evitarse, si los líderes a nivel mundial lograran llegar a un pacto histórico en diciembre de 2009, para disminuir los cambios climáticos debido al calentamiento global, basándose en nuevas ratificaciones del acuerdo de Kyoto, con el apoyo de todos los países, en particular los Estados Unidos de América, India y China, incluyendo Canadá, que hasta hoy no ha hecho nada al respecto, prometiendo avances en el control de las emisiones nefastas para los seres humanos, en el manejo responsable de la energía obtenida de nuestros propios recursos y nuevas tecnologías. Hay que mencionar que gracias a las presiones que derivan de las conversaciones con otros líderes globales y sobre todo con la administración de los Estados Unidos, Canadá tiene la obligación de contribuir a este esfuerzo internacional.
Todos se sorprenden con los cambios que afectan nuestras vidas, escapando de la realidad de mil y una maneras. En mi caso recuerdo la hamaca bajo el sauce centenario, a orillas del río Bio Bio, en pleno verano, cuyo sol regala frutillas enormes y jugosas, que valen una merienda completa con crema sin pasteurizar, junto a los merengues fresquitos con el centro blando, que Carmen saca del mismo horno a leña, del cual salen delicias que ningún chef puede lograr. La campesina más sencilla sabe cuánto tiempo demoran en caramelizarse las torrejas de cebolla, en la superficie de la cocina a leña, para agregarlas al guiso, una caricia que no puede pasar desapercibida, ni siquiera por el más malhumorado dueño de casa, quien espera recobrar sus energías después de un día de trabajo. Por fin cruzo la calle y tomo el bus que me deja cerca de la facultad. Me agrada cruzar el parque a pié. Tengo un examen en la mañana y otro en la tarde, el último del trimestre. De ahí me voy a cenar con mi abuela.
Toco el timbre y abro la puerta sin cadena. Pasa hija, dice mi abuela desde la cocina. Estoy sirviendo el té, agrega, mientras acomodo mis cosas. Cuéntame cómo te fue en los exámenes la semana pasada. Todo bien abuela. Hoy traigo una encomienda que llegó de Chile. Quién te la envió, pregunta ella. No tengo idea, quisiera abrirla contigo. A ver, hay sobres en paquetes con elásticos y un sobre a tu nombre, con una nota para ti, que dice así: “Me dirijo a usted a pedido de un amigo. Le ruego tenga la bondad de repartir los sobres a quienes fueron dirigidos. Cada uno de ellos fue devuelto al remitente. Decidí cumplir contra mis propios deseos. Él no los necesita. La decisión queda en sus manos”. El mensaje no afecta a mi abuela: es la mano de una mujer, confirma y no me sorprende que fuera la misma persona a cargo del favor. Cierto es que algo pasó, vamos a resolver el asunto este fin de semana, con mis hijos, quienes lo ignoran hace años. Se portó mal. Él lo sabe o lo sabía y nosotros también. Sí abuela, le digo, tomándole la mano arrugada y tibia, mi madre habla de su padre, cuando se olvida que lo dio por muerto y como bien sabes, ella prefiere no hablar de la familia. Lo sé, dijo. Él me contó sus aventuras de cuando era joven y también sobre las de su abuelo Eloy, quien tenía una amante a los ochenta años. Nos dirigimos a la cocina con risitas a preparar la cena, no sin antes llamar a la familia, para invitarlos a reunirse el fin de semana, a pedido de su madre.
Limpiamos las verduras, conversando, escuchando tangos, preparando la carne para el asado, los mariscos para el chupe de locos y de postre, bizcochuelos y merengues, faenas culinarias de su generación, una delicia sin igual, entonando melodías y la abuela dice: puedes decirme porqué estás tan contenta, pregunta curiosa. Estoy pensando en tu novio, con quien se reían tanto, al que le contabas historias que lo tenía loco. Cómo romper el silencio. Abuela, no entiendo porqué te bautizaron Adriana, si no hay nadie con tu nombre en la familia y me muero de curiosidad. Pásame el cuchillo para la carne, niña, y ten cuidado, mira que es capaz de cortar el aire, dijo a punto de reírse, mientras hilaba las palabras para responder a mis preguntas. La dejé tranquila, porque algo se traía entre manos. Tiene la costumbre de entregarme información al azar, cuando menos lo espero.
Mis tíos y mi tía llegaron hoy viernes a la hora convenida y me gusta verlos entusiasmados, no se han visto desde hace tiempo. Mi madre llega a tiempo para la cena. La luz indirecta del comedor les regala una tez suave, un truco que los refresca para descubrir las delicias que se suceden como por encanto. Hablan animadamente, recordando anécdotas antiguas, el lazo que los sostiene a través del tiempo. A la dueña de casa le brillan los ojos y su presencia los rodea como una pantera al acecho, asegurando el flujo del sortilegio. El aroma del café, las trufas y el Coñac, los atrae a los sillones mullidos. Mi tía Clara lee la nota que llegó junto a los sobres y enseguida discuten el procedimiento para leer las cartas del padre, que ella reparte a cada uno. Cuentan con una hora entre leerlas a solas, y reflexionar antes de volver al salón. Llaman al primo en Temuco para averiguar sobre el abuelo, pero no responde nadie, y dejan un mensaje grabado. Mientras esperan la llamada, intercambian el contenido de las misivas, que no sorprende, puesto que las quejas y acusaciones por parte del hombre que fuera tan querido, a pesar de su carácter sombrío y secreto, aparentemente sigue quejándose de su situación en Chile, cuando se sabe que tiene una buena pensión. La noche se ha hecho larga, conversando y recordando situaciones de las que se hace cargo el tiempo, con más de una anécdota, dejando de lado sus problemas, para estudiar soluciones posibles. Con mi abuela en mis brazos, las voces se alejaron dulcemente.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Testimonios de Vida - Violeta Parra

©Anita Junge-Hammersley

Todas las flores del jardín son tuyas y hoy escojo la rosa, por tu pasión. No hay nadie que no se hubiese detenido frente a tu puesto con bordados en el Parque Forestal, mientras tocabas la vihuela, princesa de los marginados, visionaria y humanista, llevando la delantera siempre. No fue tu tiempo y sé que volverás.

domingo, 8 de junio de 2008

Las Cartas II

Me levanto de un salto liberándome de una pesadilla, apago el despertador, tomo la toalla del gancho camino a la sala de baño, me doy una ducha rápida con el moño bajo el gorro de plástico, me maquillo y me visto en cinco minutos, tomando la taza de la cafetera automática con la mano derecha y una fruta con la otra, trago el desayuno, sin hacer ruido porque no quiero despertar a mi madre, miro el reloj y veo que alcanzo a tomar el bus de las siete y media que me deja frente al gimnasio, reviso la cartera para cerciorarme que tengo la tarjeta del correo en la billetera, y tenerla a la mano para retirar la encomienda a mi nombre, después del gimnasio. Camino rápido al paradero de buses preguntándome quién me envió el paquete, el semáforo está por cambiar a luz verde y allí viene el bus, justo a tiempo, para llegar al gimnasio a las ocho, lo que me permitirá completar mi rutina de ejercicios antes de pasar por el correo, y recién me doy cuenta que el sábado, cuando llamé para averiguar qué era lo que tenía que pasar a buscar, no se me ocurrió preguntarle al agente el origen de la encomienda, con la preocupación de no tener que acarrear más bultos que los de costumbre, porque entre mi bolso, el equipo de gimnasia y los libros ya tenía suficiente peso que acarrear de un lado a otro, sobretodo con el horario que tengo en época de exámenes. Se para un hombre que decide bajarse a última hora, tomo su asiento, el bus va lleno, pero la curiosidad me alegra, ya que puede haber sido mi abuela quien me envió un regalito adelantado, porque mi cumpleaños es en un par de semanas más, pero ello no tiene sentido, porque vuelve mañana en la tarde de su viaje a Vancouver, invitada por su amiga Sofía, o puede que sea una sorpresa de mi novio quien se encuentra en Europa participando en una serie de conferencias sobre arquitectura y llega en tres semanas. En todo caso, a ambos les gusta sorprenderme fuera de las fechas tradicionales, porque saben que me encantan las sorpresas, y también les gusta que los sorprenda sin razón alguna, lo que los alegra y así sigue la rueda de alegría que generamos en medio de esta vida que nos sorprende sin aviso alguno.

Me encanta el gimnasio, abren temprano, y no tengo que conversar con nadie y al salir me topo con Flora, a dónde vas tan apurada, pregunta, tengo que pasar al correo, respondo, toma, no olvides tus libros Alexa, ay si, no puedo perderlos, gracias, nos vemos en clase, dice mi amiga, de acuerdo, le digo saliendo por la puerta como si hubiese visto al demonio, y es un ángel Flora, pero hay veces que prefiero hacer mis cosas sin explicarle nada, tanto tráfico a esta hora, ya podré salir de la duda, atravieso y entro al edificio de correos en pleno centro, una estructura magnífica que nadie toma el tiempo de mirar, porque van todos corriendo apurados hacia un lugar u otro. Espero en la fila y observo a la gente, sobretodo a los agentes que no tienen prisa y mi horario de clases no me alcanza para todo lo que tengo que hacer ese día.
Por fin me llaman, presento identificación, y me entregan una caja más bien chica, es decir, ni mediana ni chica, da lo mismo realmente, todo depende de lo que cada uno piensa de las proporciones de las cajas, que a veces usan para aumentar la importancia del contenido o en otras oportunidades, para disminuir el tamaño de la misma, cuando un aprovechador conocido le pide a uno que le haga el favor de guardarle una caja porque no tiene lugar en su casa, cómo no, compadre, para eso están los amigos, y a fin de cuentas se trata de agregar sólo una caja más en el desorden de cajas que muchas personas tienen en el subterráneo, a menudo en el espacio debajo de la escalera, un lugar oscuro que inevitablemente contiene más cajas de lo que uno piensa, y cuando llega el susodicho con su caja que en realidad es del tamaño de un congelador, que pasa por la puerta de entrada sin problemas, pero es absolutamente imposible bajarla al sótano, a menos que saquen la puerta, la que impide que la gente se caiga por la escalera, cuando se sacan las botas retrocediendo para mantener el equilibrio, viéndonos obligados a recibir la tremenda caja, porque no vamos a decirle al compadre que se vaya y que de paso se lleve la maldita caja, un cacho que apenas cabe detrás de la calefacción central, puesto que los amigos son amigos.

Doy las gracias al agente de correos, tomo mi caja chica y la llevo ahuecada entre el brazo y la cadera, con alegría mientras cruzo la calle hacia el café del frente, para servirme un bocadillo y un café espreso sin apuro y la abro, para encontrar varios paquetes de sobres que llevan un timbre color azul que dice Return to Sender, ordenados por nombres en orden alfabético y amarrados con elásticos amarillos, entre los cuales se encuentra un sobre verde dirigido a mi, cuya nota sin firma y con letra desconocida me deja perpleja, qué mensaje más extraño, pienso en voz alta y vuelvo la nota al sobre y lo dejo caer sobre el resto, buscando una emoción cualquiera, algo que me quite el malestar, y vuelvo a revisar la etiqueta de la caja una vez más, esta vez con anteojos con los que logro leer el remitente diminuto, que incluye una dirección ajena con el nombre y apellido de una persona no grata en nuestra familia y me quedo con la boca abierta, mirando hacia la calle y el parque contiguo por el ventanal, mientras los segundos me parecen largos minutos, viendo sólo manchas grises que pasan por la vereda a intervalos, frunzo el ceño porque sé que esto afectará a la familia, por lo que decido conversarlo con la abuela, a ver, dónde está el móvil en mi bolso sin fondo, lleno de objetos útiles, no será que lo dejé sobre mi velador, no puede ser, siempre devuelvo cualquier cosa que forma parte del contenido en mi bolso, a sus profundidades, en el cual se puede leer mi futuro como las hojas de té en una taza de porcelana, y ya, encontré el móvil debajo de la billetera, lo que sucede cuando pierdo la calma. Llamo a la abuela a Vancouver sin importarme el huso horario, porque tengo que contarle lo de las cartas, de todos modos ella acostumbra levantarse temprano y me contesta feliz, nos echamos tanto de menos, y conversamos animadamente sobre los sobres para retomar el tema al día siguiente, cuando llegue del viaje, lo que me tranquiliza, permitiéndome organizar el encuentro familiar de modo que mi planteamiento le facilite la tarea a mi abuela, que se da mucho trabajo cuando logra reunir a sus hijos, y de todas maneras no creo que sea difícil que todos vengan con sólo cuarenta y ocho horas de anticipación, puesto que tendrán un interés de venir, una vez que sepan de qué se trata, pienso, mientras pago la cuenta y ordeno mi carga de libros para ir a clase.

Salgo del café y respiro el aire fresco de la primavera que asoma vestida de verde limón en las ramas somnolientas del parque contiguo, esperando que pase la ola de tráfico de las nueve de la mañana. Veo a la gente en tenidas primaverales, a pesar del frío de locos a principios de mayo, porque el calendario indica que estamos en plena primavera, será porque andan tan apurados que no les importa que el viento del norte siga entumiéndonos, aunque vistamos lanas, viscosa o algodón. Qué afán es ése, el de seguir las estaciones según el calendario que no han puesto al día, en vez de fijarse en lo que está pasando con el medio ambiente, de cómo cambia la temperatura en un mes en que no corresponde, si la primavera está fría o no, si los tulipanes toleran el frío y luego un calor bárbaro que desilusiona a los turistas quienes despiertan una mañana, para descubrir un mar de pétalos chamuscados en la tierra gracias a los goterones primaverales que caen sobre las flores durante la noche, a pesar de que el día está precioso y no queda nada que fotografiar.

Hace una punta de años que se habla de este peligro y nadie se preocupa. En una de esas subirán las aguas más rápido de lo que pensamos porque el clima cambia de a poco todos los años, sin darnos cuenta, algo así como ver crecer a los niños, y de repente no podemos conversar con ellos, a menudo más altos y sabios que nosotros, que no están de acuerdo con nuestra visión en diferentes planos. Así será, que aunque tome tres mil años, un día nuestros descendientes se vean obligados a vivir en barcas habitables, o los más afortunados en una de las casitas flotantes como las de Seattle, siempre y cuando no se haya desplazado la placa del Pacífico que se desliza lentamente bajo los Estados Unidos, afectando al resto del continente, que como se sabe, hará desaparecer porciones importantes de la superficie del país, equivalente a la mitad del mismo hacia el este, con impacto en los países vecinos y a medida que pase el tiempo, la civilización de California siendo la primera víctima junto a sus cavas de vinos y los túneles de piedra cavados a picota por esclavos chinos, para la protección del proceso de fabricación de una copia del champagne original francés. Los tesoros serán rescatados por buzos pagados por consorcios globales para construir museos flotantes, que permitan mostrar al mundo la historia de la California desde sus comienzos más humildes hasta su potencia económica y las reliquias que puedan acumular, bajo las mareas furiosas del Pacífico Norte, que no entregarán su botín a lo largo de las playas desde el Dakota Norte, siguiendo hacia el sur hasta Tejas y Méjico, según el mapa obtenido por satélite mediante el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) que fue difundido en un programa del canal de televisión Discovery, el cual permite ver el continente norteamericano en tres mil años más, en donde no se ven rastros de los estados desaparecidos, bajo las aguas azules, que a esas alturas protege la evolución del nuevo paisaje submarino. Los tres mil años pueden convertirse en sólo mil años, si seguimos ignorando lo que el acuerdo de Kyoto de 2009 nos presentará antes de la fecha del acuerdo firmado por todos los países del mundo, incluyendo los Estados Unidos de América, India y China, incluyendo Canadá, que va y viene en el proceso, cuyos gobiernos tendrán la oportunidad de eliminar las emisiones nefastas en cómodas cuotas anuales. Los tesoros de los museos de San Francisco y de tantas ciudades interesantes, y los barcos balleneros quebrados bajo su propio peso sobre las rocas del desierto, renovando el acuario permanente, prendas de tiendas de moda y estatuas magníficas, el contenido de las viviendas, de ricos y pobres, de los monumentos al deporte, y los rastros de tecnologías que aún no conocemos, serán el festín de los crustáceos y luego de los arqueólogos encargados de salvar lo que puedan de la Atlántida del Pacífico.

No deberíamos sorprendernos con los cambios que ya afectan nuestra vida, escapando de la realidad dedicándonos a la farniente en una hamaca a la sombra de un sauce enraizado desde hace más de un siglo en la tierra de los Araucanos a la orilla del Bio Bio, en un verano del país de mi abuela, cuyo sol regala frutillas enormes, firmes, rojas y jugosas, que valen una merienda completa con crema sin pasteurizar, de un color crema oscuro como los merengues fresquitos con el centro blando, que la Carmen, gran amiga de mi abuela saca del mismo horno a leña, del cual salen delicias que ningún chef o su cocina industrial de último modelo pueden lograr. Las técnicas se aprenden. Pero la campesina más sencilla sabe cuánto tiempo demoran las torrejas de cebollas antes de acaramelarse en la superficie de la cocina a leña, para agregarlas al guiso, una caricia que no puede pasar desapercibida, ni siquiera por el más malhumorado dueño de casa, quien espera recobrar sus energías después de un día de trabajo.

Por fin puedo cruzar la calle con la caja bajo el brazo y tomo el bus que me deja cerca de la facultad de sociología. Camino por el parque, subo las escalinatas, sigo por el pasillo, acomodo mis libros y la caja en el armario, y oigo la voz de Flora, llegas a tiempo ya que la profesora está en la sala, manteniendo la puerta abierta, mientras cierro el estante con candado y entramos a clase juntas y hasta ese punto todo va bien, porque a menudo mi amiga habla sin cesar susurrando a toda boca que todos oyen a pesar suyo, mientras me esfuerzo por escuchar y tomar notas de lo que dice la profesora. Menos mal que compartimos sólo ese curso y de todos modos no le hago caso, porque mi abuela llega mañana en la tarde y no me aburro jamás en su compañía.

Cómo te fue en el viaje, pregunto mientras abrazo a mi abuela y amiga, tuve un vuelo muy agradable, mi niña, deja tus cosas aquí y te sirvo un té, para que retomemos el hilo de nuestra conversación por teléfono, porque cuando cortamos la llamada de ayer en la mañana, me quedé metida con lo del envío y la nota, y pensé que pudiera haber sido la querida de tu abuelo la que despachó la encomienda con la nota, te parece que la leamos juntas, de acuerdo, le digo y pongo la nota frente a ella, que dice así:
“Me dirijo a usted a pedido de un amigo. Le ruego tenga la bondad de devolver los sobres a quienes fueron dirigidos. Cada uno de ellos fue devuelto al remitente. Decidí cumplir contra mis propios deseos. Él no los necesita. La decisión queda en sus manos”, lo que afecta visiblemente a mi abuela por un instante, porque al fin y al cabo convivieron veinte y un años, nada menos, y luego de echarle la culpa a las alergias, vuelve a leer la nota minuciosamente, porque entiende mucho de grafología, supe, es la mano de una mujer, dice, sin duda alguna, confirma, y no sería nada de raro que fuera la misma persona a cargo del favor, y cierto es que algo pasó, vamos a resolver el asunto este fin de semana, con tus tíos y tu madre, quien tiene que haberte contado parte de la historia, el acuerdo de mis hijos de ignorarlo y en lo posible olvidarlo hace mucho tiempo, porque tu abuelo se portó mal, él lo sabe o lo sabía y bueno, también ellos, si abuela, digo, tomándole la mano arrugada y tibia, mi madre habla con cariño de su padre, cuando se olvida que lo dio por muerto y como bien sabes, ella prefiere no hablar de los líos de familia, lo sé, dijo, y pensar que de ayer nos reímos su poco con respecto al tema, pero es que él me contó sus aventuras de cuando era joven y también sobre las de su abuelo Eloy, quien tenía una amante a los ochenta años. Luego de ponernos de acuerdo, mi abuela vuelve a la cocina a preparar una cena ligera, mientras llamo a la familia desde su escritorio, para invitarlos a reunirse el fin de semana. La caja con las cartas queda en el baúl del salón, fuera de vista de quien llegara antes que los demás. Quedamos de preparar solamente la cena del viernes, con tiempo, lo demás es a cuenta de cada uno, lo que nos motiva a hacer la lista de ingredientes para el festín y salir de compras el miércoles. Mientras conversamos sobre las recetas, nos dimos cuenta que el miércoles era al día siguiente, lo que nos obligó a cambiar las prioridades.

Trabajamos juntas en la cocina, limpiando verduras, cortándolas en trocitos, conversando de un cuanto hay, escuchando viejos tangos, preparamos la carne para el asado y los mariscos para el chupe de locos, y para el postre, bizcochuelos y merengues, faenas culinarias que no van con el estilo de vida de hoy, sobretodo con mis estudios y para la abuela que tiene otros intereses, que en cualquier momento prefiere las ensaladas y pescado al vapor, a un guiso con salsa con mantequilla y papas cocidas. Comer fruta fresca y tomar agua, harta agua y ejercicio, le permite dormir bien. No me di ni cuenta de que estaba entonando melodías, en medio del quehacer, hasta que me interrumpe doña Adriana: puedes decirme qué es lo que te tiene tan contenta, pregunta con una mirada curiosa. Abuela, estoy pensando en lo que me contaste sobre tu novio, ese que te hacía reír tanto y a quien le contabas historias que lo tenían siempre interesado. Y hablando de asuntos personales, dime porqué te pusieron Adriana, abuela. Me gusta tu nombre, pero me encanta saber más de ti, aunque sea de a poquito, cuando te baje la onda de conversar al respecto. Pásame el cuchillo para la carne, niña, y ten cuidado, mira que es capaz de cortar el aire, dijo entre seria y a punto de reírse, mientras hilaba las palabras para responder a mis preguntas. La dejé tranquila, puesto que algo se traía entre manos. Nunca supe porqué me entregaba información que no ataba a ningún evento, sólo recuerdos sueltos a medida que pasaba el tiempo, una eternidad, porque le adivinaba una vida interesante y ahora la curiosa soy yo.

Mis tíos y la tía llegaron a tiempo, y me dio un gusto verlos alegrarse de estar juntos, puesto que la última vez que se vieron hace ya más un año, debido a sus vidas ajetreadas en el trabajo y en el frente familiar, lo que complica las disponibilidades de cada uno. Mi madre fue la última en llegar, con su ramo de flores. La luz indirecta del comedor da sobre las fuentes dispuestas sobre la ancha mesa, creando una atmósfera cálida que permite a los comensales aparecer con una tez suave, un truco para darle énfasis al festín, sin cansar a los invitados. Durante la cena hablan animadamente, los chistes van y vienen, como siempre, y cada vez los encuentran más chistosos por lo absurdo que son, al pasar los años. La dueña de casa observa y atiende a sus hijos en su coreografía habitual. Le brillan los ojos y su presencia es como un ánima que se escurre entre risas y cumplidos, sin que la vean. A la hora del café, mi tía Clara lee la nota que llegó junto a los sobres, dirigida a mí, y enseguida discuten el procedimiento para leer las cartas del padre, que ella reparte a cada uno. Deben leerlas a solas, con calma, propone la abuela, a lo que Clara sugiere darse el tiempo de reflexionar por media hora después de la lectura, antes de volver al salón, para llamar al primo que vive en Temuco, con el fin de averiguar si el abuelo se encuentra bien, porque lo visitaba cada seis meses, según supimos el año pasado y todos aceptan su planteamiento.

Una vez reunidos llaman al primo, pero no responde nadie, y dejan un mensaje grabado con algunos detalles, para despertar su curiosidad. Mientras esperan una llamada, intercambian el contenido de las misivas, que al final de cuentas no los sorprende, puesto que las quejas y acusaciones por parte del hombre que atesoró tanta ira, alguien que fuera tan querido a pesar de su carácter gris y secreto, porque era bueno como el pan y sinembargo incapaz de alegrarse por más de unos minutos, y ahora inventando dramas sobre su estatus económico en Chile, cuando sabemos que recibe una buena pensión canadiense, les queda claro que perdió su brújula. La noche fue larga, pero la respuesta llegó por teléfono al día siguiente, mientras desayunaban: el primo había dado con el paradero del viejo, como lo llaman sus hijos. Ahora que se encuentra en un lugar en donde lo atienden muy bien, según les aseguró su médico, durante la conferencia telefónica, lo saben muy solo, puesto que se alejó de todos sus hijos, los de Berta y los de Adriana, siete en total. A pesar de su situación, mis tíos y mi madre se pusieron de acuerdo para hacer algo por él. Con la vida que han llevado sus hijos, sin verlo durante tantos años, conversaron sobre los recuerdos que aún aparecen de vez en cuando, de esos que normalmente se hace cargo el tiempo y de la importancia que tiene la caja con las cartas que los reunió por un fin de semana, entre hermanos, dejando de lado sus preocupaciones de la vida diaria, para cerrar este capítulo en forma más expedita, rodeados de cariño, lo que les permitirá continuar sus caminos en paz. Mi abuela y yo nos abrazamos tranquilamente, sentadas en el sillón grande, rodeadas de sus esculturas y orquídeas, dejando que la penumbra se hiciera cargo de adormecernos mientras las voces de los demás se alejaban dulcemente.

Poemas I

©Anita Junge-Hammersley

OLAS
Te me vas por las olas con pestañas
que lamen las rocas
compitiendo con las algas
y acariciando la arena
en el baile que dirige la luna

NOSTALGIA
La música salada y fresca del mar
resuena en mis oídos
dándome fuerzas
para enfrentar mis días
mirando a lo lejos
y viajar hacia mis seres queridos

AÑORANZA
Tu risa es música dulce
campanas a lo lejos
añorando los momentos
que se escurren entre tañidos

PIENSO
Me quedé sin tinta escribiendo
y me entrego a mis pinceles
que no saben qué hacer
con tantos colores
rellenando figuras
sin rumbo alguno

INTIMIDAD
El cubículo de ducha
enjoyado con gotas secas
preñadas de tus esencias
y líquidos tibios
una y otra vez te reclama

AUSENCIA
-Amor –dijo embriagado
Dos lunas ausente
es un siglo olvidado
con sólo un beso

PRESENCIA
Sentada en el lecho desnuda
acaricio tu almohada perfumada
mi vista se pierde a lo lejos
y no te veo entre las olas

viernes, 6 de junio de 2008

El Conjunto Calicanto

©Anita Junge-Hammersley

En un atardecer nevado, aterrizamos en Montreal, poco después del golpe de estado en Chile. Mi marido y yo veníamos con dos niños y dos maletas. Los agentes de Aduanas y los oficiales de Inmigración nos desearon la bienvenida, sin siquiera ofrecernos una sonrisa. Apenas confirmaron que la documentación de inmigrantes recibidos estaba en orden, nos desearon buena suerte, indicándonos la salida hacia el paradero de taxis. Qué hacer en medio de la nada mental, sin saber a dónde ir. Con un mísero inglés insistí que nos pusieran en contacto con alguien que nos dirigiera al lugar en donde residían temporalmente otros chilenos y luego de largos minutos recibimos instrucciones de dirigirnos al centro, la dirección precisa escrita en un papel blanco.

Con la ayuda del personal de la YMCA, nos instalamos en el quinto piso, en donde se encontraban las familias chilenas. Un dormitorio para los niños y otro para los padres. En la cafetería se acercaron de a poco los compatriotas que venían del norte, de la zona central y del sur, profesionales, obreros, profesores, dueñas de casa y al poco andar nos juntábamos a diario visitándonos en los dormitorios ordenados, para intercambiar informaciones de cómo navegar por el centro y el metro sin perdernos. No faltaban las anécdotas del día, las inquietudes sobre nuestro futuro y lo que nos pasó antes de venirnos. Las mujeres y los niños utilizaban el baño común del piso con duchas amplias y varios lavatorios, para acomodar a varias personas. Nuestros maridos, algo preocupados en un principio, compartían el baño y las duchas con los varones del noveno piso, a donde iban en grupos de tres o más individuos, puesto que uno de ellos fue objeto de la atención de una patota de hombres agresivos gay, mientras se duchaba solo. El afortunado logró liberarse de ellos a gritos y a patadas, lo que causó un alboroto inusitado en nuestro círculo, incluyendo las tallas inevitables del caso. La policía visitaba el piso nueve casi todas las noches, para resolver peleas de enamorados.

A las dos semanas ya estábamos en familia y nos divertíamos practicando el francés:

– Vonchur, comán sa vá – decían los compañeros. Mersí bocú era muy fácil y solíamos agradecer cada gesto de parte de los quebecuás. Y así pasaron los días, hasta que durante una velada familiar el Lalo me preguntó:

– Oye, ¿toca’i guitarra rucia?
– Si, pero no tengo pa’ cuando conseguirme una.
– Quiero organizar un conjunto pa’ la próxima peña –dijo sonriendo.
– ¡Qué peña, si acabamos de llegar!
– Mis hermanas cantan relindo y también tocan guitarra –dijo con ojos brillantes.
– Que canten, que canten –respondimos en coro.
– La Nena y mi mamá cosen, así es que no tenemos problema con los músicos y los trajes –agregó campante, tocando la guitarra para desentenderse del asunto, porque sabía que le iba a llegar.
– ¿Trajes? ¡Y de dónde vamos a sacar telas si apenas nos dan ocho dólares para comer lechuga y cereales con leche el fin de semana! –reclamó la Nena.
– No le cortís la onda –dijo la Sonia tratando de evitar un malestar.
– Oye Nena –interceptó Gloria, – ¿porqué no circulai’ las fotos del conjunto en Chile? Mira que están bonitas pa’ hacernos una idea, sacar los cortes y estilos pa’ cuando consigamos género.
– Chis, tiene la cabeza llena de proyectos compadre, concretice, mire que no es llegar y armar un conjunto con gente que ni sabe bailar cueca –dijo una voz chillona, luego de rumiar lo anterior desde un rincón.

Jorge discrepaba con el Lalo en asuntos de folclor desde que se conocieran un par de semanas atrás, camino a clase de francés. Sus diferencias iban más allá de los estilos coreográficos. El cortacircuito químico entre ellos era invisible y palpable a la vez.

En la iglesia al lado del Pont-Bridge nos reservaron la sala comunitaria para la peña siguiente, la que tendría lugar en diez días más. El conjunto Los Chilenos actuaría con lo que encontraran: pollera de un tono y blusa para las mujeres y pantalones oscuros y camisa blanca para los varones. Todos se procurarían pañuelos en Sainte-Catherine y los hombres harían sus propias hojotas. Fue toda una novedad el hacer trabajos manuales para más de alguien en el grupo. Encontramos a tres abuelitas dentro de la nueva comunidad latinoamericana, dispuestas a vigilar y alimentar a los peques de varias edades durante el evento.

Las clases de folclor tuvieron lugar en un edificio abandonado en el Viejo Montreal. Jorge era muy estricto y Lalo era muy alegre, casi juguetón. Daba gusto verlo con su pañuelo aleteando casi tocando el piso pa’ pincharse a una pollita, haciéndonos zumbar repitiendo pasos y coreografías, canto y guitarreo, uno regañando y el otro entonando huifas y tiquitiquitís para entusiasmar a los bailarines, hasta que sacamos la cueca tradicional, la nortina y la polca. Al final de cuentas dejaron a Laura en el grupo de guitarreras, porque era demasiado alta. Rubia y alta, qué diantres hacía allí, dijo ella, resignada.

– Atención compañeros, atención –llamó al orden el Lalo.

Nos encontrábamos en el local de la Asociación de Chilenos en Saint-Laurent, segundo piso, para el ensayo general.

–Ya po’ flaco, déjate de lesear: los chicos se van a la otra pieza con las visitas. Chiquillas: la Laura afina las guitarras y ustedes síganla. Ella sabe seguirme con los ritmos. Hermanas, Carmen, Gladis ¿dónde está la Gladis? ¡Ya niña toma la guitarra! Todas cantan, ¿me entienden? todas cantan y tocan guitarra.

– Oye, ¿no iba a bailar cueca yo? – reclamó una de las mujeres.

– Cooperen por favor, hoy vamos a decidir quién hace qué y cuándo. Tengan paciencia y sigan a Laura en las entradas y el ritmo. ¡Los bailarines al centro! ¡Vamos hombre! ¿Me oyeron? –insistió el Lalo.

Se armaron las parejas de baile y comenzó la práctica. Los niños jugaban tranquilos al fondo, amigos y familiares dieron de comer a los peques, hurgueteando bolsos, destapando bebidas y compartiendo juegos, cuadernos y lápices, para que se entretuvieran.

Fueron horas largas y agotadoras, las tallas volando, la flor de vocabulario. El Lalo era de chistes sanos y tenía una energía sin fin. Una ventisca despiadada nos recibió al salir del local a las once de la noche, con gorros y guantes, bufandas de a dos vueltas sobre el abrigo, a tiempo para tomar el último metro hacia la estación Peel. Nadie hablaba en el tren, los niños durmiendo en nuestros brazos. Era un esfuerzo ir a todos lados con los chicos a cuestas, todos los días, durante un mes, consiguiéndonos ropa o un lugar para vivir, entre ensayos y reuniones, cosiendo y aprendiendo francés. Fue una experiencia inolvidable, la que nos sirvió para nivelar las diferencias personales y aprender a coexistir con nuestro bagaje emotivo.

En la noche de la peña, llegamos con bolsos y los trajes, maletines con el cocaví y un par de dólares para una empanada, las guitarras y los niños. Salimos sonriendo al escenario, sabiendo que triunfaríamos. Un tipo gritó – ¡Que se baje la gringa! –dirigiéndose a Laura, a lo cual respondió por el micrófono que era chilena y que subiera inmediatamente, para aclarar la situación, si se atrevía. El silencio se hizo sentir en la sala.

El Lalo no hacía presentaciones. Una vez que las guitarreras nos acomodamos en las sillas frente a los micrófonos, salieron las parejas una por una formando una media luna. Conté los pasos, hice un gesto con la cabeza y partió la cueca, las canta’oras llamando “vuelta”, las bailarinas levantando apenas sus polleras con dos dedos de la mano izquierda, el pañuelito con la gracia de mariposas coqueteando, los hombres rondando a sus parejas, incansables, pañuelo al viento. Con el último rasgueo de la cueca coja el público aplaudió gritando Viva Chile, El Pueblo Unido Jamás Será Vencido, los puños en alto, emocionados y agradecidos. Todos de pie, les regalamos otra polca y una cueca, resucitando el patriotismo que habíamos relegado al olvido machucado. Esa noche no voló ni una mosca durante la presentación y las empanadas al horno y el tinto no dieron a basto.

De Compras

©Anita Junge-Hammersley

Hoy a las siete salí a comprar fruta y huevos para el desayuno. Caminé desde el supermercado hasta el cruce de de las avenidas Juana de Arco y Orleáns y en el tiempo que se demoraron dos vehículos en pasar a esa hora temprana, cambié las bolsas de una mano a la otra para equilibrar la carga, preparándome para una marcha rápida hacia la casa. Apenas crucé la calle me dieron ganas de irme al Tabo, porque está más cerca de Santiago, para caminar a lo largo de la playa, o si no, sentarme a observar la marea baja hasta que revienten las olas de marea alta en las rocas y la arena. Lo que más me gusta es ir fuera de estación, porque no hay nadie. Me largo por otra dimensión y no siento frío, ni calor, en la nada total. Volviendo a la cabaña tengo la sensación de haber estado de viaje. Es algo extraordinario. De allí me daría una vuelta por la Serena, con su playa interminable, el valle del Elqui adentro, gozando ver las viñas bajo el sol, otras cubiertas de toldos, según la cepa y el tipo de vino de exportación, encaramándose por los cerros anclando la roca suelta, llenando los bolsillos a intereses extranjeros. Es lindo el lugar y un agrado el clima. No me gusta el Embalse Pucaro, que me da la sensación de ahogarme de sólo verlo, pensando en aquellos que perdieron sus hogares, sus huertas, las animitas y sus muertos en el cementerio. Antes de partir, volvería al Observatorio Mamalluca a ver las galaxias por los telescopios gigantes y observar ese cielo estrellado en medio de la noche oscura. Luego viajaría a Iquique, para caminar a lo largo de las playas a dos horas al sur de la ciudad, pasando por el nuevo aeropuerto, cada una distinta de la otra, por kilómetros y kilómetros, recordando paseos con mi familia, cuando niña, y volver mis pasos hacia el cerro Dragón y la Playa Brava, una ciudad que no es mi ciudad, sólo el dulce recuerdo de los tiempos de las amigas y las casas antiguas pobladas de fantasmas que no me abandonarán jamás.