domingo 8 de junio de 2008

Las Cartas II

Anita Junge-Hammersley©

Me levanto de un salto liberándome de una pesadilla, apago el despertador, tomo la toalla del gancho camino a la sala de baño, me doy una ducha rápida con el moño bajo el gorro de plástico, me maquillo y me visto en cinco minutos, tomando la taza de la cafetera automática con la mano derecha y una fruta con la otra, trago el desayuno, sin hacer ruido porque no quiero despertar a mi madre, miro el reloj y veo que alcanzo a tomar el bus de las siete y media que me deja frente al gimnasio, reviso la cartera para cerciorarme que tengo la tarjeta del correo en la billetera, y tenerla a la mano para retirar la encomienda a mi nombre, después del gimnasio. Camino rápido al paradero de buses preguntándome quién me envió el paquete, el semáforo está por cambiar a luz verde y allí viene el bus, justo a tiempo, para llegar al gimnasio a las ocho, lo que me permitirá completar mi rutina de ejercicios antes de pasar por el correo, y recién me doy cuenta que el sábado, cuando llamé para averiguar qué era lo que tenía que pasar a buscar, no se me ocurrió preguntarle al agente el origen de la encomienda, con la preocupación de no tener que acarrear más bultos que los de costumbre, porque entre mi bolso, el equipo de gimnasia y los libros ya tenía suficiente peso que acarrear de un lado a otro, sobretodo con el horario que tengo en época de exámenes. Se para un hombre que decide bajarse a última hora, tomo su asiento, el bus va lleno, pero la curiosidad me alegra, ya que puede haber sido mi abuela quien me envió un regalito adelantado, porque mi cumpleaños es en un par de semanas más, pero ello no tiene sentido, porque vuelve mañana en la tarde de su viaje a Vancouver, invitada por su amiga Sofía, o puede que sea una sorpresa de mi novio quien se encuentra en Europa participando en una serie de conferencias sobre arquitectura y llega en tres semanas. En todo caso, a ambos les gusta sorprenderme fuera de las fechas tradicionales, porque saben que me encantan las sorpresas, y también les gusta que los sorprenda sin razón alguna, lo que los alegra y así sigue la rueda de alegría que generamos en medio de esta vida que nos sorprende sin aviso alguno.

Me encanta el gimnasio, abren temprano, y no tengo que conversar con nadie y al salir me topo con Flora, a dónde vas tan apurada, pregunta, tengo que pasar al correo, respondo, toma, no olvides tus libros Alexa, ay si, no puedo perderlos, gracias, nos vemos en clase, dice mi amiga, de acuerdo, le digo saliendo por la puerta como si hubiese visto al demonio, y es un ángel Flora, pero hay veces que prefiero hacer mis cosas sin explicarle nada, tanto tráfico a esta hora, ya podré salir de la duda, atravieso y entro al edificio de correos en pleno centro, una estructura magnífica que nadie toma el tiempo de mirar, porque van todos corriendo apurados hacia un lugar u otro. Espero en la fila y observo a la gente, sobretodo a los agentes que no tienen prisa y mi horario de clases no me alcanza para todo lo que tengo que hacer ese día.
Por fin me llaman, presento identificación, y me entregan una caja más bien chica, es decir, ni mediana ni chica, da lo mismo realmente, todo depende de lo que cada uno piensa de las proporciones de las cajas, que a veces usan para aumentar la importancia del contenido o en otras oportunidades, para disminuir el tamaño de la misma, cuando un aprovechador conocido le pide a uno que le haga el favor de guardarle una caja porque no tiene lugar en su casa, cómo no, compadre, para eso están los amigos, y a fin de cuentas se trata de agregar sólo una caja más en el desorden de cajas que muchas personas tienen en el subterráneo, a menudo en el espacio debajo de la escalera, un lugar oscuro que inevitablemente contiene más cajas de lo que uno piensa, y cuando llega el susodicho con su caja que en realidad es del tamaño de un congelador, que pasa por la puerta de entrada sin problemas, pero es absolutamente imposible bajarla al sótano, a menos que saquen la puerta, la que impide que la gente se caiga por la escalera, cuando se sacan las botas retrocediendo para mantener el equilibrio, viéndonos obligados a recibir la tremenda caja, porque no vamos a decirle al compadre que se vaya y que de paso se lleve la maldita caja, un cacho que apenas cabe detrás de la calefacción central, puesto que los amigos son amigos.

Doy las gracias al agente de correos, tomo mi caja chica y la llevo ahuecada entre el brazo y la cadera, con alegría mientras cruzo la calle hacia el café del frente, para servirme un bocadillo y un café espreso sin apuro y la abro, para encontrar varios paquetes de sobres que llevan un timbre color azul que dice Return to Sender, ordenados por nombres en orden alfabético y amarrados con elásticos amarillos, entre los cuales se encuentra un sobre verde dirigido a mi, cuya nota sin firma y con letra desconocida me deja perpleja, qué mensaje más extraño, pienso en voz alta y vuelvo la nota al sobre y lo dejo caer sobre el resto, buscando una emoción cualquiera, algo que me quite el malestar, y vuelvo a revisar la etiqueta de la caja una vez más, esta vez con anteojos con los que logro leer el remitente diminuto, que incluye una dirección ajena con el nombre y apellido de una persona no grata en nuestra familia y me quedo con la boca abierta, mirando hacia la calle y el parque contiguo por el ventanal, mientras los segundos me parecen largos minutos, viendo sólo manchas grises que pasan por la vereda a intervalos, frunzo el ceño porque sé que esto afectará a la familia, por lo que decido conversarlo con la abuela, a ver, dónde está el móvil en mi bolso sin fondo, lleno de objetos útiles, no será que lo dejé sobre mi velador, no puede ser, siempre devuelvo cualquier cosa que forma parte del contenido en mi bolso, a sus profundidades, en el cual se puede leer mi futuro como las hojas de té en una taza de porcelana, y ya, encontré el móvil debajo de la billetera, lo que sucede cuando pierdo la calma. Llamo a la abuela a Vancouver sin importarme el huso horario, porque tengo que contarle lo de las cartas, de todos modos ella acostumbra levantarse temprano y me contesta feliz, nos echamos tanto de menos, y conversamos animadamente sobre los sobres para retomar el tema al día siguiente, cuando llegue del viaje, lo que me tranquiliza, permitiéndome organizar el encuentro familiar de modo que mi planteamiento le facilite la tarea a mi abuela, que se da mucho trabajo cuando logra reunir a sus hijos, y de todas maneras no creo que sea difícil que todos vengan con sólo cuarenta y ocho horas de anticipación, puesto que tendrán un interés de venir, una vez que sepan de qué se trata, pienso, mientras pago la cuenta y ordeno mi carga de libros para ir a clase.

Salgo del café y respiro el aire fresco de la primavera que asoma vestida de verde limón en las ramas somnolientas del parque contiguo, esperando que pase la ola de tráfico de las nueve de la mañana. Veo a la gente en tenidas primaverales, a pesar del frío de locos a principios de mayo, porque el calendario indica que estamos en plena primavera, será porque andan tan apurados que no les importa que el viento del norte siga entumiéndonos, aunque vistamos lanas, viscosa o algodón. Qué afán es ése, el de seguir las estaciones según el calendario que no han puesto al día, en vez de fijarse en lo que está pasando con el medio ambiente, de cómo cambia la temperatura en un mes en que no corresponde, si la primavera está fría o no, si los tulipanes toleran el frío y luego un calor bárbaro que desilusiona a los turistas quienes despiertan una mañana, para descubrir un mar de pétalos chamuscados en la tierra gracias a los goterones primaverales que caen sobre las flores durante la noche, a pesar de que el día está precioso y no queda nada que fotografiar.

Hace una punta de años que se habla de este peligro y nadie se preocupa. En una de esas subirán las aguas más rápido de lo que pensamos porque el clima cambia de a poco todos los años, sin darnos cuenta, algo así como ver crecer a los niños, y de repente no podemos conversar con ellos, a menudo más altos y sabios que nosotros, que no están de acuerdo con nuestra visión en diferentes planos. Así será, que aunque tome tres mil años, un día nuestros descendientes se vean obligados a vivir en barcas habitables, o los más afortunados en una de las casitas flotantes como las de Seattle, siempre y cuando no se haya desplazado la placa del Pacífico que se desliza lentamente bajo los Estados Unidos, afectando al resto del continente, que como se sabe, hará desaparecer porciones importantes de la superficie del país, equivalente a la mitad del mismo hacia el este, con impacto en los países vecinos y a medida que pase el tiempo, la civilización de California siendo la primera víctima junto a sus cavas de vinos y los túneles de piedra cavados a picota por esclavos chinos, para la protección del proceso de fabricación de una copia del champagne original francés. Los tesoros serán rescatados por buzos pagados por consorcios globales para construir museos flotantes, que permitan mostrar al mundo la historia de la California desde sus comienzos más humildes hasta su potencia económica y las reliquias que puedan acumular, bajo las mareas furiosas del Pacífico Norte, que no entregarán su botín a lo largo de las playas desde el Dakota Norte, siguiendo hacia el sur hasta Tejas y Méjico, según el mapa obtenido por satélite mediante el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) que fue difundido en un programa del canal de televisión Discovery, el cual permite ver el continente norteamericano en tres mil años más, en donde no se ven rastros de los estados desaparecidos, bajo las aguas azules, que a esas alturas protege la evolución del nuevo paisaje submarino. Los tres mil años pueden convertirse en sólo mil años, si seguimos ignorando lo que el acuerdo de Kyoto de 2009 nos presentará antes de la fecha del acuerdo firmado por todos los países del mundo, incluyendo los Estados Unidos de América, India y China, incluyendo Canadá, que va y viene en el proceso, cuyos gobiernos tendrán la oportunidad de eliminar las emisiones nefastas en cómodas cuotas anuales. Los tesoros de los museos de San Francisco y de tantas ciudades interesantes, y los barcos balleneros quebrados bajo su propio peso sobre las rocas del desierto, renovando el acuario permanente, prendas de tiendas de moda y estatuas magníficas, el contenido de las viviendas, de ricos y pobres, de los monumentos al deporte, y los rastros de tecnologías que aún no conocemos, serán el festín de los crustáceos y luego de los arqueólogos encargados de salvar lo que puedan de la Atlántida del Pacífico.

No deberíamos sorprendernos con los cambios que ya afectan nuestra vida, escapando de la realidad dedicándonos a la farniente en una hamaca a la sombra de un sauce enraizado desde hace más de un siglo en la tierra de los Araucanos a la orilla del Bio Bio, en un verano del país de mi abuela, cuyo sol regala frutillas enormes, firmes, rojas y jugosas, que valen una merienda completa con crema sin pasteurizar, de un color crema oscuro como los merengues fresquitos con el centro blando, que la Carmen, gran amiga de mi abuela saca del mismo horno a leña, del cual salen delicias que ningún chef o su cocina industrial de último modelo pueden lograr. Las técnicas se aprenden. Pero la campesina más sencilla sabe cuánto tiempo demoran las torrejas de cebollas antes de acaramelarse en la superficie de la cocina a leña, para agregarlas al guiso, una caricia que no puede pasar desapercibida, ni siquiera por el más malhumorado dueño de casa, quien espera recobrar sus energías después de un día de trabajo.

Por fin puedo cruzar la calle con la caja bajo el brazo y tomo el bus que me deja cerca de la facultad de sociología. Camino por el parque, subo las escalinatas, sigo por el pasillo, acomodo mis libros y la caja en el armario, y oigo la voz de Flora, llegas a tiempo ya que la profesora está en la sala, manteniendo la puerta abierta, mientras cierro el estante con candado y entramos a clase juntas y hasta ese punto todo va bien, porque a menudo mi amiga habla sin cesar susurrando a toda boca que todos oyen a pesar suyo, mientras me esfuerzo por escuchar y tomar notas de lo que dice la profesora. Menos mal que compartimos sólo ese curso y de todos modos no le hago caso, porque mi abuela llega mañana en la tarde y no me aburro jamás en su compañía.

Cómo te fue en el viaje, pregunto mientras abrazo a mi abuela y amiga, tuve un vuelo muy agradable, mi niña, deja tus cosas aquí y te sirvo un té, para que retomemos el hilo de nuestra conversación por teléfono, porque cuando cortamos la llamada de ayer en la mañana, me quedé metida con lo del envío y la nota, y pensé que pudiera haber sido la querida de tu abuelo la que despachó la encomienda con la nota, te parece que la leamos juntas, de acuerdo, le digo y pongo la nota frente a ella, que dice así:
“Me dirijo a usted a pedido de un amigo. Le ruego tenga la bondad de devolver los sobres a quienes fueron dirigidos. Cada uno de ellos fue devuelto al remitente. Decidí cumplir contra mis propios deseos. Él no los necesita. La decisión queda en sus manos”, lo que afecta visiblemente a mi abuela por un instante, porque al fin y al cabo convivieron veinte y un años, nada menos, y luego de echarle la culpa a las alergias, vuelve a leer la nota minuciosamente, porque entiende mucho de grafología, supe, es la mano de una mujer, dice, sin duda alguna, confirma, y no sería nada de raro que fuera la misma persona a cargo del favor, y cierto es que algo pasó, vamos a resolver el asunto este fin de semana, con tus tíos y tu madre, quien tiene que haberte contado parte de la historia, el acuerdo de mis hijos de ignorarlo y en lo posible olvidarlo hace mucho tiempo, porque tu abuelo se portó mal, él lo sabe o lo sabía y bueno, también ellos, si abuela, digo, tomándole la mano arrugada y tibia, mi madre habla con cariño de su padre, cuando se olvida que lo dio por muerto y como bien sabes, ella prefiere no hablar de los líos de familia, lo sé, dijo, y pensar que de ayer nos reímos su poco con respecto al tema, pero es que él me contó sus aventuras de cuando era joven y también sobre las de su abuelo Eloy, quien tenía una amante a los ochenta años. Luego de ponernos de acuerdo, mi abuela vuelve a la cocina a preparar una cena ligera, mientras llamo a la familia desde su escritorio, para invitarlos a reunirse el fin de semana. La caja con las cartas queda en el baúl del salón, fuera de vista de quien llegara antes que los demás. Quedamos de preparar solamente la cena del viernes, con tiempo, lo demás es a cuenta de cada uno, lo que nos motiva a hacer la lista de ingredientes para el festín y salir de compras el miércoles. Mientras conversamos sobre las recetas, nos dimos cuenta que el miércoles era al día siguiente, lo que nos obligó a cambiar las prioridades.

Trabajamos juntas en la cocina, limpiando verduras, cortándolas en trocitos, conversando de un cuanto hay, escuchando viejos tangos, preparamos la carne para el asado y los mariscos para el chupe de locos, y para el postre, bizcochuelos y merengues, faenas culinarias que no van con el estilo de vida de hoy, sobretodo con mis estudios y para la abuela que tiene otros intereses, que en cualquier momento prefiere las ensaladas y pescado al vapor, a un guiso con salsa con mantequilla y papas cocidas. Comer fruta fresca y tomar agua, harta agua y ejercicio, le permite dormir bien. No me di ni cuenta de que estaba entonando melodías, en medio del quehacer, hasta que me interrumpe doña Adriana: puedes decirme qué es lo que te tiene tan contenta, pregunta con una mirada curiosa. Abuela, estoy pensando en lo que me contaste sobre tu novio, ese que te hacía reír tanto y a quien le contabas historias que lo tenían siempre interesado. Y hablando de asuntos personales, dime porqué te pusieron Adriana, abuela. Me gusta tu nombre, pero me encanta saber más de ti, aunque sea de a poquito, cuando te baje la onda de conversar al respecto. Pásame el cuchillo para la carne, niña, y ten cuidado, mira que es capaz de cortar el aire, dijo entre seria y a punto de reírse, mientras hilaba las palabras para responder a mis preguntas. La dejé tranquila, puesto que algo se traía entre manos. Nunca supe porqué me entregaba información que no ataba a ningún evento, sólo recuerdos sueltos a medida que pasaba el tiempo, una eternidad, porque le adivinaba una vida interesante y ahora la curiosa soy yo.

Mis tíos y la tía llegaron a tiempo, y me dio un gusto verlos alegrarse de estar juntos, puesto que la última vez que se vieron hace ya más un año, debido a sus vidas ajetreadas en el trabajo y en el frente familiar, lo que complica las disponibilidades de cada uno. Mi madre fue la última en llegar, con su ramo de flores. La luz indirecta del comedor da sobre las fuentes dispuestas sobre la ancha mesa, creando una atmósfera cálida que permite a los comensales aparecer con una tez suave, un truco para darle énfasis al festín, sin cansar a los invitados. Durante la cena hablan animadamente, los chistes van y vienen, como siempre, y cada vez los encuentran más chistosos por lo absurdo que son, al pasar los años. La dueña de casa observa y atiende a sus hijos en su coreografía habitual. Le brillan los ojos y su presencia es como un ánima que se escurre entre risas y cumplidos, sin que la vean. A la hora del café, mi tía Clara lee la nota que llegó junto a los sobres, dirigida a mí, y enseguida discuten el procedimiento para leer las cartas del padre, que ella reparte a cada uno. Deben leerlas a solas, con calma, propone la abuela, a lo que Clara sugiere darse el tiempo de reflexionar por media hora después de la lectura, antes de volver al salón, para llamar al primo que vive en Temuco, con el fin de averiguar si el abuelo se encuentra bien, porque lo visitaba cada seis meses, según supimos el año pasado y todos aceptan su planteamiento.

Una vez reunidos llaman al primo, pero no responde nadie, y dejan un mensaje grabado con algunos detalles, para despertar su curiosidad. Mientras esperan una llamada, intercambian el contenido de las misivas, que al final de cuentas no los sorprende, puesto que las quejas y acusaciones por parte del hombre que atesoró tanta ira, alguien que fuera tan querido a pesar de su carácter gris y secreto, porque era bueno como el pan y sinembargo incapaz de alegrarse por más de unos minutos, y ahora inventando dramas sobre su estatus económico en Chile, cuando sabemos que recibe una buena pensión canadiense, les queda claro que perdió su brújula. La noche fue larga, pero la respuesta llegó por teléfono al día siguiente, mientras desayunaban: el primo había dado con el paradero del viejo, como lo llaman sus hijos. Ahora que se encuentra en un lugar en donde lo atienden muy bien, según les aseguró su médico, durante la conferencia telefónica, lo saben muy solo, puesto que se alejó de todos sus hijos, los de Berta y los de Adriana, siete en total. A pesar de su situación, mis tíos y mi madre se pusieron de acuerdo para hacer algo por él. Con la vida que han llevado sus hijos, sin verlo durante tantos años, conversaron sobre los recuerdos que aún aparecen de vez en cuando, de esos que normalmente se hace cargo el tiempo y de la importancia que tiene la caja con las cartas que los reunió por un fin de semana, entre hermanos, dejando de lado sus preocupaciones de la vida diaria, para cerrar este capítulo en forma más expedita, rodeados de cariño, lo que les permitirá continuar sus caminos en paz. Mi abuela y yo nos abrazamos tranquilamente, sentadas en el sillón grande, rodeadas de sus esculturas y orquídeas, dejando que la penumbra se hiciera cargo de adormecernos mientras las voces de los demás se alejaban dulcemente.

Telaraña

Anita Junge-Hammersley©

Me había instalado a leer bajo la sombra del viejo sauce en aquella tarde calurosa, a fines de febrero. Se trataba de una carta privada.
–Ven a sentarte a la mesa– llamó mi tía y alcancé a esconderla entre las páginas del libro.
–Voy tía, ¿le ayudo?– le contesté. Ese verano llegué al campo sola, para acompañarla, porque había enviudado sólo dos meses antes. Había abierto el sobre sin remitente en el tren; pero con el ir y venir de los pasajeros, era difícil concentrarme en las páginas amarillentas escritas con letra de sexto año, las que habían arrancado de un cuaderno.
–No es necesario m’hijita– respondió, mientras acomodaba una bandeja llena de loza, una tetera caliente y su tarta de frutillas, sobre la mesa de mimbre.
–No sea cosa que vaya a cojear con el peso y derrame el té– agregó. Conociéndola, estas onces serían eternas, antes de poder volver al relato.
Aprovecharía de recorrer los pasillos que la Nana conocía como la palma de su mano, talento que le sirviera en noches sin luna mientras la casona dormía. Mi tía estiró el vestido sentándose a mi lado y sirvió el té sin decir nada. Ansiosa por volver a las letras borroneadas que mi Nana escribiera a un tal Matías, serví la tarta en silencio.
–Te tengo una noticia– me dijo, pasándome el azucarero.
–Cuénteme– le contesté, porque le encantaba que la escucharan.
–Supe de la Mirna por la Rosario, mi gran amiga y vecina. Estuvo malita y murió en su sueño, tan viejita que estaba. Apoyé mi mano en la suya, haciéndole saber que comprendía su gesto.
–Qué pena– le dije, sin levantar la vista del plato, impaciente por averiguar cómo la Mirna trataba de descifrar el misterio desde su pieza. No volvimos a hablar, cada una recordándola revoloteando y atendiéndonos sin jamás quejarse.
Mirna había llegado de Valparaíso, para cocinar y hacer el aseo en la casa. Mi madre a menudo enferma, necesitaba ayuda. En las tardes, después de haber terminado mis tareas, me iba a conversar con la Nana. Ella ordenaba su pieza y allí nadie nos molestaba. Me contó que en la otra casa tenían muchos enredos y no quería sufrir más penas. A veces echaba de menos a la niña Clara, quien saltaba y reía de cosas que sólo a ella la divertían. –Los demás ni la seguían– me dijo en ese entonces.
La tarta estaba deliciosa, pero mi curiosidad aumentaba, imaginando cómo se armaron los enredos de los que huyó mi Nana. Recuerdo que me habló de un amigo –por allá en el Sur– decía, con su mirada triste. Los amores ajenos me llenaban de curiosidad, como sucede a todos los niños y sus respuestas a medias, generaban historias insólitas en mi cabeza. No tiene pololo ahora, pensé, así es que me sentí responsable de su pena. No recuerdo cómo fue que me las arreglé para hacerle gancho con un cabo de turno, por teléfono, y el miércoles siguiente llegó a buscarla. Me había hecho pasar por la otra nana, siendo una mocosa. Mi hermana y yo nos quedamos detrás de un arbusto para ver cómo se juntaron en la esquina de mi casa. Él venía de Ancud y era cabrito me contó un tiempo después. Qué cosas tiene la vida.
–¿Le sirvo otra tacita, tía?– No se había dado cuenta del tiempo y la confundí con mi pregunta.
–Ya no m’hijita, está refrescando y ya tomé dos tazas. Ahora me voy a la cocina para ver lo de la comida con la Carmela– dijo, caminando por la orilla de los rosales que estaban preciosos.
Partí al dormitorio a leer la carta bajo la lámpara en el escritorio, para evitar interrupciones. La carta estaba dirigida al dueño de casa. «Don Matías:
Le mando esta carta a la casa de su hermano en Colombia, con el remitente que encontré en una de sus cartas en el cajón de la mesita de entrada, y ojalá la reciba pronto. Fíjese que hace un par de semanas pillé a la señora con la niña Clara de la mano y una maleta en la otra. Si no fuera porque tenían que salir por donde yo estaba encerando, sólo me habría enterado de su partida por la nota que doña Marta me dejó en la cocina. Dijo que no me preocupara y desaparecieron. Vuelva luego de su viaje, pa’ que arregle este lío.»
Me sorprendió la audacia de la Nana. Qué sería lo que se traía entre manos la diabla.
«Cuando llegó la amiga de la señora, no sabía en qué idioma hablaban; hacían unos ruidos como gárgaras, poniendo la boca como que fueran a darse besos. Doña Artemisia no habla bien castellano y medio que le entiendo algo. Usté sabe que me gusta comprender lo que pasa aquí. Una mañana la francesa le dijo a la señora que se fuera por un tiempo, que le haría bien. Pa’ qué le digo cómo las echo de menos. ¿Iré a verlas algún día y abrazar a la niña? qué sabe ella de ésto.»
Esta Mirna. No se daría cuenta de lo que estaba haciendo. Quién lo diría, tan pulcra que parecía ella.
–Quieres venir a comer, Gloria– llamó mi tía. No me había dado cuenta de la hora y tenía hambre.
–Estoy metida en el libro– le contesté, prefiero comer en mi pieza, si a usted no le importa tía.
Me trajeron una bandeja con un plato que llevaba un buen trozo de pastel de choclo, una rica ensalada de tomates y cebollas pluma y un vaso de agua que bebí para calmar el calor que tenía a esa hora en la que normalmente ya refrescaba. Esa noche viajé por un mundo desconocido. La casona en Valparaíso fue el comienzo de las aventuras voyeristas de mi Nana, llenándole su vida rutinaria. El instinto le dictaba agacharse más de lo necesario, cuando le servía el plato de lentejas al Julio, cuyos ojos inquietos se fijaban en los pechos que brotaban de su escote insolente. Ella sabía que les gustaba el juego ése. El hombre ayudaba en la huerta y con el encerado de la casa. Jardineando, le encantaba mirarle el trasero a la Mirna, que bailaba al ritmo de la lavandera, fregando y escobillando ropa en la artesa. Era bonita y entradita en carnes.
Me acomodaba en la silla de madera sin pensar en ir a buscar un cojín, aún acalorada, imaginando tardes somnolientas que invitaban a los personajes a revolcarse en una hamaca. Salí al jardín que había refrescado después de las nueve, para relajarme mirando la luna, pero no hubo caso. Caminando sin rumbo recordaba el párrafo que acababa de leer.
«Fíjese que la madám le dió con que se la presente, porque le gustó mucho leer las cartas que le mandaba cuando usté andaba de viaje, las que la señora Marta guardaba en la caja de cedro, debajo de su cama, me dijo un día al desayuno muy cocoroca; le encantó la colcha de seda palidita, bordada de cintas y perlas incrustadas, hasta en las almohadas, que aún llevan el perfume de la señora; un aroma que cambia según la temperatura de su piel; cuando usté anda rondando, el perfume vuelve a cambiar ¿no ve pues? Como le decía, doña Artemisia se echaba en el sillón del dormitorio al atardecer y yo no sabía porqué. Escuchaba ruiditos a eso de la medianoche, nubla’o o con luna; a veces parecía oír voces, risitas y hasta quejidos de lejos.»
La noche refrescaba decididamente y volví a mi cuarto, sonriendo. Cuenta la Nana que luego de levantarse al mediodía, Artemisia solía estirarse lánguida en una silla de fierro forjado larga, cubierta de cojines mullidos en la terraza con vista al mar. Leía y dormitaba, vestida de lino semitransparente, cómodo y elegante, haciéndose la lesa y observando al jardinero. Lucía unas sandalias de cuero, con correitas finas que se entrecruzaban sobre sus pantorrillas bien torneadas, dando la impresión de una hiedra apoderándose de sus piernas sin fin. Julio era buenmozo, sobretodo cuando andaba con el torso desnudo, desmalezando torpemente los bordes floreados, imaginándose hasta dónde subirían las tiritas de las sandalias de la francesa. Muerta de sueño, decidí continuar mi lectura sobre las andanzas de mi Nana.
«Un día me atreví a acercarme a la puerta de la pieza de la señora, calladita, agachá’ pa’ que no me pillara; pisando los tablones buenos, pa’ que no crujieran; risitas, páginas tocándose; chita’ oiga, el perfume de doña Marta revuelto con el de doña Artemisia se salía por la puerta entreabierta y yo asorochada; de repente vi velas prendi’as, al lado de la lámpra del velador y sobre la cómoda, la cajita sagrada de la señora abierta, al lado de la cama, en la que había descansado antes de comer. Las cortinas de organza bailaban en la brisa como fantasmas de angelitos y sin que se me quedara nada en el tintero, las almohadas desordenadas y las perlas que brillaban con la luz que da la cera de abejas. La bata rosada a medio poner, un hombro destapa’o con tiritas que le sujetaban la enagua; oiga si usté viera... me tapé la boca pa’ no gemir cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo. Si ni se había saca’o las medias negras con encaje; llevaba zapatillas de tela, como las de la gente antigua, que parecían de seda suavecita, como le gusta a doña Martita. Me eché p’atrás y le di un empujoncito al Julio; casi me muero de susto, pero ni chisté; se había gana’o detrasito mío para ver juntos a la Artemisia; él la había esta’o cateando por la ventana y decidió meterse a la casa sin permiso. La francesa leía las cartas susurrando, pasándose la otra mano por todos la’os, bien despacito; el vaivén del cuerpo hacía que la bata le acariciara la piel por lugares secretos, mientras que el otro respiraba apura’o. Oiga, fíjese que sin aviso el Julio me tomó de la cintura soplándome en el pescuezo; no fue fácil sacármelo de encima, sin que nos pillaran, porque no es parte de mi trabajo ni mucho menos andar tonteando con el jardinero a esa hora. Pero como una es humana, salimos calladitos pisando por los tablones que no crujen hasta la cocina, dejando su bicicleta detrás de la lavandería, porque no podía dejarlo irse en la oscuridad hasta Maitencillo y menos en la madrugá, total el lío comenzó con la Artemisia y nosotros na’ que ver. Un cariñito no le hace mal a nadie y esta carta era pa’avisarle que doña Martita no ha dado señales de vida y me tiene bien preocupá. Porfavor llame desde la casa de su hermano, para que me diga a quién llamar por teléfono.
La Mirna».

Poemas I

Anita Junge-Hammersley©

OLAS
Te me vas por las olas con pestañas
que lamen las rocas
compitiendo con las algas
y acariciando la arena
en el baile que dirige la luna

NOSTALGIA
La música salada y fresca del mar
resuena en mis oídos
dándome fuerzas
para enfrentar mis días
mirando a lo lejos
y viajar hacia mis seres queridos

AÑORANZA
Tu risa es música dulce
campanas a lo lejos
añorando los momentos
que se escurren entre tañidos

PIENSO
Me quedé sin tinta escribiendo
y me entrego a mis pinceles
que no saben qué hacer
con tantos colores
rellenando figuras
sin rumbo alguno

INTIMIDAD
El cubículo de ducha
enjoyado con gotas secas
preñadas de tus esencias
y líquidos tibios
una y otra vez te reclama

AUSENCIA
-Amor –dijo embriagado
Dos lunas ausente
es un siglo olvidado
con sólo un beso

PRESENCIA
Sentada en el lecho desnuda
acaricio tu almohada perfumada
mi vista se pierde a lo lejos
y no te veo entre las olas

viernes 6 de junio de 2008

El Conjunto Calicanto

Anita Junge-Hammersley©

En un atardecer nevado, aterrizamos en Montreal, poco después del golpe de estado en Chile. Mi marido y yo veníamos con dos niños y dos maletas. Los agentes de Aduanas y los oficiales de Inmigración nos desearon la bienvenida, sin siquiera ofrecernos una sonrisa. Apenas confirmaron que la documentación de inmigrantes recibidos estaba en orden, nos desearon buena suerte, indicándonos la salida hacia el paradero de taxis. Qué hacer en medio de la nada mental, sin saber a dónde ir. Con un mísero inglés insistí que nos pusieran en contacto con alguien que nos dirigiera al lugar en donde residían temporalmente otros chilenos y luego de largos minutos recibimos instrucciones de dirigirnos al centro, la dirección precisa escrita en un papel blanco.

Con la ayuda del personal de la YMCA, nos instalamos en el quinto piso, en donde se encontraban las familias chilenas. Un dormitorio para los niños y otro para los padres. En la cafetería se acercaron de a poco los compatriotas que venían del norte, de la zona central y del sur, profesionales, obreros, profesores, dueñas de casa y al poco andar nos juntábamos a diario visitándonos en los dormitorios ordenados, para intercambiar informaciones de cómo navegar por el centro y el metro sin perdernos. No faltaban las anécdotas del día, las inquietudes sobre nuestro futuro y lo que nos pasó antes de venirnos. Las mujeres y los niños utilizaban el baño común del piso con duchas amplias y varios lavatorios, para acomodar a varias personas. Nuestros maridos, algo preocupados en un principio, compartían el baño y las duchas con los varones del noveno piso, a donde iban en grupos de tres o más individuos, puesto que uno de ellos fue objeto de la atención de una patota de hombres agresivos gay, mientras se duchaba solo. El afortunado logró liberarse de ellos a gritos y a patadas, lo que causó un alboroto inusitado en nuestro círculo, incluyendo las tallas inevitables del caso. La policía visitaba el piso nueve casi todas las noches, para resolver peleas de enamorados.

A las dos semanas ya estábamos en familia y nos divertíamos practicando el francés:

– Vonchur, comán sa vá – decían los compañeros. Mersí bocú era muy fácil y solíamos agradecer cada gesto de parte de los quebecuás. Y así pasaron los días, hasta que durante una velada familiar el Lalo me preguntó:

– Oye, ¿toca’i guitarra rucia?
– Si, pero no tengo pa’ cuando conseguirme una.
– Quiero organizar un conjunto pa’ la próxima peña –dijo sonriendo.
– ¡Qué peña, si acabamos de llegar!
– Mis hermanas cantan relindo y también tocan guitarra –dijo con ojos brillantes.
– Que canten, que canten –respondimos en coro.
– La Nena y mi mamá cosen, así es que no tenemos problema con los músicos y los trajes –agregó campante, tocando la guitarra para desentenderse del asunto, porque sabía que le iba a llegar.
– ¿Trajes? ¡Y de dónde vamos a sacar telas si apenas nos dan ocho dólares para comer lechuga y cereales con leche el fin de semana! –reclamó la Nena.
– No le cortís la onda –dijo la Sonia tratando de evitar un malestar.
– Oye Nena –interceptó Gloria, – ¿porqué no circulai’ las fotos del conjunto en Chile? Mira que están bonitas pa’ hacernos una idea, sacar los cortes y estilos pa’ cuando consigamos género.
– Chis, tiene la cabeza llena de proyectos compadre, concretice, mire que no es llegar y armar un conjunto con gente que ni sabe bailar cueca –dijo una voz chillona, luego de rumiar lo anterior desde un rincón.

Jorge discrepaba con el Lalo en asuntos de folclor desde que se conocieran un par de semanas atrás, camino a clase de francés. Sus diferencias iban más allá de los estilos coreográficos. El cortacircuito químico entre ellos era invisible y palpable a la vez.

En la iglesia al lado del Pont-Bridge nos reservaron la sala comunitaria para la peña siguiente, la que tendría lugar en diez días más. El conjunto Los Chilenos actuaría con lo que encontraran: pollera de un tono y blusa para las mujeres y pantalones oscuros y camisa blanca para los varones. Todos se procurarían pañuelos en Sainte-Catherine y los hombres harían sus propias hojotas. Fue toda una novedad el hacer trabajos manuales para más de alguien en el grupo. Encontramos a tres abuelitas dentro de la nueva comunidad latinoamericana, dispuestas a vigilar y alimentar a los peques de varias edades durante el evento.

Las clases de folclor tuvieron lugar en un edificio abandonado en el Viejo Montreal. Jorge era muy estricto y Lalo era muy alegre, casi juguetón. Daba gusto verlo con su pañuelo aleteando casi tocando el piso pa’ pincharse a una pollita, haciéndonos zumbar repitiendo pasos y coreografías, canto y guitarreo, uno regañando y el otro entonando huifas y tiquitiquitís para entusiasmar a los bailarines, hasta que sacamos la cueca tradicional, la nortina y la polca. Al final de cuentas dejaron a Laura en el grupo de guitarreras, porque era demasiado alta. Rubia y alta, qué diantres hacía allí, dijo ella, resignada.

– Atención compañeros, atención –llamó al orden el Lalo.

Nos encontrábamos en el local de la Asociación de Chilenos en Saint-Laurent, segundo piso, para el ensayo general.

–Ya po’ flaco, déjate de lesear: los chicos se van a la otra pieza con las visitas. Chiquillas: la Laura afina las guitarras y ustedes síganla. Ella sabe seguirme con los ritmos. Hermanas, Carmen, Gladis ¿dónde está la Gladis? ¡Ya niña toma la guitarra! Todas cantan, ¿me entienden? todas cantan y tocan guitarra.

– Oye, ¿no iba a bailar cueca yo? – reclamó una de las mujeres.

– Cooperen por favor, hoy vamos a decidir quién hace qué y cuándo. Tengan paciencia y sigan a Laura en las entradas y el ritmo. ¡Los bailarines al centro! ¡Vamos hombre! ¿Me oyeron? –insistió el Lalo.

Se armaron las parejas de baile y comenzó la práctica. Los niños jugaban tranquilos al fondo, amigos y familiares dieron de comer a los peques, hurgueteando bolsos, destapando bebidas y compartiendo juegos, cuadernos y lápices, para que se entretuvieran.

Fueron horas largas y agotadoras, las tallas volando, la flor de vocabulario. El Lalo era de chistes sanos y tenía una energía sin fin. Una ventisca despiadada nos recibió al salir del local a las once de la noche, con gorros y guantes, bufandas de a dos vueltas sobre el abrigo, a tiempo para tomar el último metro hacia la estación Peel. Nadie hablaba en el tren, los niños durmiendo en nuestros brazos. Era un esfuerzo ir a todos lados con los chicos a cuestas, todos los días, durante un mes, consiguiéndonos ropa o un lugar para vivir, entre ensayos y reuniones, cosiendo y aprendiendo francés. Fue una experiencia inolvidable, la que nos sirvió para nivelar las diferencias personales y aprender a coexistir con nuestro bagaje emotivo.

En la noche de la peña, llegamos con bolsos y los trajes, maletines con el cocaví y un par de dólares para una empanada, las guitarras y los niños. Salimos sonriendo al escenario, sabiendo que triunfaríamos. Un tipo gritó – ¡Que se baje la gringa! –dirigiéndose a Laura, a lo cual respondió por el micrófono que era chilena y que subiera inmediatamente, para aclarar la situación, si se atrevía. El silencio se hizo sentir en la sala.

El Lalo no hacía presentaciones. Una vez que las guitarreras nos acomodamos en las sillas frente a los micrófonos, salieron las parejas una por una formando una media luna. Conté los pasos, hice un gesto con la cabeza y partió la cueca, las canta’oras llamando “vuelta”, las bailarinas levantando apenas sus polleras con dos dedos de la mano izquierda, el pañuelito con la gracia de mariposas coqueteando, los hombres rondando a sus parejas, incansables, pañuelo al viento. Con el último rasgueo de la cueca coja el público aplaudió gritando Viva Chile, El Pueblo Unido Jamás Será Vencido, los puños en alto, emocionados y agradecidos. Todos de pie, les regalamos otra polca y una cueca, resucitando el patriotismo que habíamos relegado al olvido machucado. Esa noche no voló ni una mosca durante la presentación y las empanadas al horno y el tinto no dieron a basto.

De Compras

Anita Junge-Hammersley©

Hoy a las siete salí a comprar fruta y huevos para el desayuno. Caminé desde el supermercado hasta el cruce de de las avenidas Juana de Arco y Orleáns y en el tiempo que se demoraron dos vehículos en pasar a esa hora temprana, cambié las bolsas de una mano a la otra para equilibrar la carga, preparándome para una marcha rápida hacia la casa. Apenas crucé la calle me dieron ganas de irme al Tabo, porque está más cerca de Santiago, para caminar a lo largo de la playa, o si no, sentarme a observar la marea baja hasta que revienten las olas de marea alta en las rocas y la arena. Lo que más me gusta es ir fuera de estación, porque no hay nadie. Me largo por otra dimensión y no siento frío, ni calor, en la nada total. Volviendo a la cabaña tengo la sensación de haber estado de viaje. Es algo extraordinario. De allí me daría una vuelta por la Serena, con su playa interminable, el valle del Elqui adentro, gozando ver las viñas bajo el sol, otras cubiertas de toldos, según la cepa y el tipo de vino de exportación, encaramándose por los cerros anclando la roca suelta, llenando los bolsillos a intereses extranjeros. Es lindo el lugar y un agrado el clima. No me gusta el Embalse Pucaro, que me da la sensación de ahogarme de sólo verlo, pensando en aquellos que perdieron sus hogares, sus huertas, las animitas y sus muertos en el cementerio. Antes de partir, volvería al Observatorio Mamalluca a ver las galaxias por los telescopios gigantes y observar ese cielo estrellado en medio de la noche oscura. Luego viajaría a Iquique, pero sólo a ver las playas hacia el sur de lo que fuera mi Playa Ancha, pasando frente al cerro Dragón y la ballenera, cada una distinta de la otra, por kilómetros y kilómetros, antes que los esbirros de los colonizadores del siglo XX lo cambiaran todo, por razones de seguridad durante años y más tarde por la codicia que llaman desarrollo.

martes 3 de junio de 2008

Cerrando el Círculo

Anita Junge-Hammersley©

El taxista conduce como un loco desaforado y en medio de su angustia mi abuela me pregunta si tengo el celular para que la llame desde el terminal, sí, le digo, y ya la echo de menos, y que llame a su hermano apenas llegue, puede que se le olvide, dice, y le prometo que lo contactaré aún cuando vea a Tani saludándome desde el balcón, ya vamos llegando a la puerta de Air Canada y veo a Flora haciéndonos señas, entre tanto gringo y ella morocha venezolana, sabe que me gusta llegar adelantada para no correr, dame la mano abuela, no te vayas a tropezar ahora que llegamos vivas, el chofer sacará la maleta, sabes que viajo con poco, digo, qué ajetreo fue el organizar este viaje repentino que resolverá tantas preguntas, ojalá encuentre a mi abuelo, el objetivo de mi viaje, las pistas para ubicarlo no llevan a ningún lado, porqué tanto misterio.
Allí vienen a mi encuentro, las amigas me felicitan porque llego y porque me voy, si durante mi cumpleaños festejamos todo junto dos semanas atrás y ahora parto sola sin estar sola, sólo voy sola y bien acompañada de la autobiografía de mi abuela, es porque te quieren, leo en sus ojos viajados, pero si vinieron todos, tanta gente, y más rato estaré rodeada de cientos de pasajeros que compartirán dos baños diminutos conmigo, en el que espero no me trague el agujero con el remolino azul que me expulsará como un dragón hacia Cuba o a Venezuela, dependiendo del viento y la altura, si los tornillos del avión están sueltos, qué piensas, dice Flora, quien no se pierde un gesto de mi cara ni una doble v en una conversación, ahora acerquémonos al mesón para confirmar el pasaje electrónico dice, no, le digo, si hay terminales como en el cine, compras billetes con la tarjeta de crédito, lo mismo haré aquí, ayúdame con el carro que está algo pesado, por favor lleva a la abuela de vuelta a casa una vez que pase a policía internacional, no quiero que tome un taxi con la pensión que recibe.
Menos mal que no tengo que aterrizar en los Estados Unidos, me voy directo a Santiago, sin problemas, ay niña, cuidado que me vieron entregando la maleta y no alcanzaré ir al baño antes de dirigirme a policía, vienen a despedirse ahora, no hace más de diez minutos que me dieron la bienvenida, digo, tranquila que es parte de la ceremonia, dijo, te presento a la amiga que compartirá mi departamento el próximo semestre, dijo Flora, me voy a hacer vida de estudiante, no, no me hables de la universidad, acabo de terminar el semestre, grité en silencio, gusto de saludarte, digo amable, aterrada ante el prospecto de su abrazo enorme, el gusto es mío dice, mientras toda su humanidad me aprieta dejándome sin aliento, logro zafarme con la sonrisa fija, los ojos vidriosos, para caminar juntos hacia la puerta de control que está más allá.
El aeropuerto es un corral enorme y moderno en el que me pierdo, nos perdemos y luego nos encontramos, en medio de los anuncios por los altoparlantes, para luego despedirnos por enésima vez, feliz viaje resuena en la bóveda del lugar, como en las bóvedas en las estaciones de trenes, algunas estaciones de metro y en las catedrales, los saludo con una sonrisa, levantando el brazo con un gesto de despedida, escríbenos o envía postales llaman las voces sobre las voces de otros parientes, de otros pasajeros, no quieren que me vaya, esa es la verdad, aunque me ven de vez en cuando nada más, les preocupa el vuelo, me da miedo volar, la abuela lo sabe, cálmate mi amor dice, es bueno soltar los nervios, digo, tu cara es una mueca, el pelo un desastre, dice Flora, piensa en el vaudeville en el que actuaste con la abuela, ríete con el recuerdo de lo bien que lo pasan juntas, cierto, le digo, llevando a mi abuela de la mano hacia la puerta conmigo, mis padres siempre juntos ya me besaron, observan desde lejos, como me despido de ella con cada paso, cada gesto, sin dejar de sonreír, con Shawn al lado, están todos más distantes, menos Shawn, quien a lo largo de todo ese tiempo me miraba con expresión de mimo, delatando su amor de mil maneras, sin llamar la atención del grupo que me acompaña, luego me seguía, enseguida lo seguía, nos seguimos porque nos seguiremos siempre.
Tengo todo, toco el bolso, siento la billetera, no, es la cámara que tiene el tamaño de una tarjeta de crédito, no olvides de enviarles fotos, no te lo perdonarían, suelo tomar pocas fotos, como puntos de referencia de mis impresiones, no soy fotógrafo ni tengo un fotógrafo, sólo tengo a mi amor rodeándome con sus ojos, la cámara en la mano, te quiero me dice, los demás no importan, las fotos lo cuentan todo, no puedo perder mi cámara, porque no puedo recuperar las fotos, digo, la tarjeta de crédito se recupera para comprar otra cámara digital del tamaño de una tarjeta de crédito dice Shawn, siempre olvido sacar fotos, no falta quien que me lo recuerde, te saco una foto, no poses, que no sale natural, date vuelta, camina más suelta, relájate, sonríe, tápate el escote, mueve la cabeza un poco más hacia la derecha, junta los pies, sé natural, hasta que me doy vuelta y resulta una foto marchándome en sentido contrario.
El viaje está cerca, detrás de los agentes, paso a verificación, veo el monitor, mis enseres dentro del bolso parecen objetos peligrosos, limas de cartón para las uñas, me molestan los radares que enmarcan mi presencia hasta entre las piernas, traen al presente lo que cuenta mi abuela cuando la llevan detenida, de cómo la tratan en su propia casa, tolerando la revisión, esta vez con cuatro manos y dos metralletas hundidas en su cintura, sin decir nada, se la llevan al retén, luego la suben a un autobús de carabineros, para el viaje de veinte minutos, los torturados en el suelo, ella y las demás detenidas de pié sobre los ensangrentados, culatazos a los que gimen, culatas bajo sus polleras, en Toronto vamos colgando de los fierros, bailando como jamones empujándonos y pisándonos unos a otros hasta llegar al terminal nuevo del aeropuerto, embarque para América del Sur, no hablo con nadie, parientes y amigos parten a casa uno por uno, nosotros en el terminal, palabra que no me gusta por el uso universal, cubre suplicios, el fin de un viaje que quisiéramos continuar, amores trágicos, todo reversible, cuestión de voluntad, al fin de cuentas nos llevan de un desembarcadero a otro, en vuelos largos, cortos, sentados sobre contenedores de combustible, la comida no es un sueño, pido ensalada, veo la película, una comedia, como, me acomodo en los cojines y me cubre la frazada, me río desde un comienzo, y luego me sorprende ver a mi abuela entrar en la celda, somos setenta y cinco mujeres, todas la miramos en forma solidaria, mientras los tenientes la manosean entera, se van, y le explicamos cómo marcha la cosa, algo le sucede porque no siente miedo, la observo durante tres días y sólo al cuarto sucumbe, lloramos juntas, ella en mal estado, abrazándola, se ve tan joven con su minifalda, no molestamos a las demás prisioneras, alguien me toca el hombro avisándome que tengo una pesadilla, me ofrecen agua y vuelvo a dormirme, perdiéndome la aguja larga del amanecer, roja como los copihues, antes de estallar para dar paso al sol, según mi abuela.
Me despiertan con el desayuno, el avión descendiendo, mientras me refresco la cara y el cuello con agua fría, me cambio la blusa, me amarro el pelo, pero quién me abrazará primero, estoy tan feliz de saberme pronto con la familia, no importa quién sea, los árboles crecen rápidamente al aterrizar, veo la cordillera de los Andes extensa con un manto blanco y sombras azules, la cordillera central verde, aparecen las chozas, luego las casas, veo los automóviles por carreteras estrechas, un retoque de maquillaje, estamos aterrizando, qué alegría y anticipación por conocerlos a todos, encontrar al abuelo con el poder que me dieran sus hijos y ayudarlo en lo que sea en nombre de la compasión que todos merecemos, aterrizamos, espero mi maleta, recorro con la mirada el balcón sobre las correas transportadoras y descubro a una anciana de cabello blanco, tiene que ser la Tani, mi bisabuela, saludo levantando el brazo, ella agita una flor, sonríe enjugando una lágrima, como para no olvidar este momento, lanzo besos, grita la sangre, se me pasa la maleta, qué más da, la veo apoyada en alguien, probablemente mi tía abuela, la menor de los hermanos, rescato mi maleta, paso por aduanas con una rapidez sorprendente, la gente esperando afuera agitando letreritos con nombres, llamando, gritando, mientras salgo al pasillo y me fundo en los brazos que me esperan desde que nací.

La Inmigrante

Anita Junge-Hammersley©

Labores del sexo, dice en la página dos de mi pasaporte chileno, con la tapa de plástico rosada, con el que llegué seguida por el doctor y los chicos a Dorval.

Estoy doblando pañales, conté sesenta y cinco, pero cómo, si sólo tengo sesenta, mientras sigo el drama en la telenovela, viendo que la heroína llora desconsoladamente, porque el novio la dejó por la mujer del hermano de su amigo que trabajaba como socio en la administración de un hospital, en donde todos los personajes son apuestos, bronceados y bien vestidos, las mujeres cubiertas de joyas, cosas que suceden en la pantalla en blanco y negro a la hora de la siesta. Apenas vuelvan de clase mis hijos mayores, voy a levantar a los chicos de uno y dos años, a las tres y media todos toman su leche con galletas y luego van a jugar o a hacer las tareas, hasta la hora de la comida. A eso de las ocho, Álvaro saca al perro ovejero antes de preparar sus cosas para el colegio y a las nueve todo el mundo se va a la cama. Con mi costurero me voy al salón a remendar calcetines y bastillas, mientras escucho las noticias del día junto al doctor, el padre de mis hijos.

En qué estará mi vieja, sabiéndola preocupada por mi, a pesar de tener el privilegio de vivir en este lindo pueblito a media hora de Montreal, una urbe llena de restoranes con puertas acogedoras y menús de soñarlos en las vitrinas, y las curiosas escaleras de hierro en la calle Saint-Urbain que detesté al llegar y luego adopté, y el paseo por el Mont-Royal, recordando que lo hago todo en la casa sin ayuda, arreglándomelas de lo más bien, conversando en inglés coloquial con los niños, francés con sus profesoras y con algunas vecinas quebecuás, volviendo al castellano cuando llega el doctor, quien no acepta que hablemos idiomas extranjeros en su presencia, sobretodo el inglés, la lengua del enemigo, ni la música chillona. Miro el reloj antes de ir a buscarlo a la estación del tren, a unos minutos de casa, recojo los juguetes y limpio todo en tres segundos, para evitarme una mirada de displicencia.

Dónde está la injusticia, digo hablándome a solas, separando y enrollando calcetines sin fin, si hasta en Inmigración me trataron bien, a pesar de las olas de refugiados que se sucedían, pero no quedaba otra que tener paciencia. Tan largos que se me han hecho los años en este infierno privado del cual no puedo arrancar como no puedo arrancarme las pesadillas de mis recuerdos, seis años en esta prisión machista, celos porque me miran, celos porque miro y me voy endureciendo y tolerando migrañas eternas. Claro que sé en qué está mi vieja, pensando en mi vida, mi renuncia temporal, en todo lo que no pasó desapercibido durante sus visitas, las dos veces que vino a acompañarme, después de cada parto acá.

Antes de acostarme voy a sacar la basura al patio y enseguida voy a armar los bultos de prendas blancas, de colores y delicadas, porque mi lavadora de segunda mano acepta sólo media carga a la vez, lo que toma buena parte de la mañana. La compré a escondidas de mi marido, antes que llegara mi madre para el nacimiento de Clara, porque en ese entonces lavaba pañales y ropa en la tina de baño todos los días durante tres meses, con mis manos hechas tiras. Imagino el horror en el rostro de mi vieja, si me hubiese visto en esa faena. Cuando se lo conté a título de anécdota, ella no titubeó al conversar seriamente con el doctor, respecto a mis condiciones en ese ambiente, encarándolo como sabe hacerlo. Esa obsesión porque yo hiciera las cosas como las compañeras que lavaban en artesas, no tenía sentido y no era necesario. La cuestión era que mi esposo me tenía lavando de rodillas con un embarazo avanzado, cuando allá en Chile contaba con una lavadora FENSA. Camino a la cocina para servirme un café, sé que he dado una pelea digna de una mujer que no se dejará llevar por mucho tiempo.

El subterráneo de nuestra casa es amplio, hay juguetes, y un triciclo para entretener a los niños cuando el tiempo no les permite salir al patio. La lluvia me obliga a colgar la ropa mojada en los cordeles amarrados al techo, humedeciendo el ambiente lo que atrae arañas que se escurren entre las cajas de cartón llenas de papeles. Cómo olvidar la caja con las revistas Penthouse que descubrí accidentalmente y la reacción del doctor, cuando indagué al respecto. No quise ofenderte con los desnudos, sólo me interesan los artículos políticos de la publicación, dijo molesto, sin darse cuenta que no respondí a su insulto. A esas alturas, con cuatro hijos a los treinta años, por fin pude echarle una miradita a las famosas revistas cuyo contenido me entretiene, en particular los comentarios de Mme Hollander, dando libre curso a mi imaginación, la que no puedo expresar en casa.

Conocimos a dos familias chilenas hace un par de años y nos turnamos durante los fines de semana, para recibir a los demás, socializando en un entorno que nos recuerda nuestra identidad. Las mujeres coordinamos las actividades en el hogar, atendemos a los niños, asegurándonos que practiquen sus deportes y tenemos la responsabilidad de mantener el equilibrio emocional del grupo, mientras seguimos peleando por nuestra libertad, por el derecho de expresarnos sin sanciones de los maridos y participamos en la comunidad, en cooperativas y en mi caso, hago de taxista del clan. Lo anterior no debería impedirme estudiar de noche en la universidad, porque atiendo ocho niños en casa, dos bebés y seis escolares y trabajo en una tienda de jueves a sábado por algunas horas, para entregarle mi sueldo al doctor, quien trunca mi sueño año tras año, con promesas vanas, diluyendo el cariño que sujeta nuestro frágil matrimonio, mi exilio intracanadiense.

Hace tres años compramos un Volkswagen usado y lo dejamos donde el concesionario porque aún no teníamos carné de chofer. Al cabo de varios meses, me aburrí de pagar un auto estacionado y me inscribí en un curso de manejar. Le avisé al doctor, mientras me dirigía al coche-escuela estacionado frente a la puerta. No dijo ni pío. Durante el invierno ya conducía valiéndome sólo del freno de mano, en la nieve y sobre hielo, lo que me permitía dar vueltas de 180 o 360 grados, ante la incredulidad de mi madre, quien se agachaba con los niños en cada esquina peligrosa, porque para mi marido, cambiar los frenos no estaba en el presupuesto. Suena el teléfono en la cocina: Paula me recuerda que tiene entrenamiento de patinaje hoy. Cuando llega le paso el bolso con su equipo y nos subimos al coche para llevarla a la “arena”. Álvaro se queda con los menores hasta que vuelva. Me voy sin apuro entre los árboles vestidos de colores cálidos, pensando que hay suplicios y abusos a los derechos humanos hasta en la casa, los que toman formas insospechadas. La solución nos mira de frente. Siempre. No hace falta culpar a las instituciones, al gobierno o a las divinidades a quienes encargamos nuestro bienestar.