©Anita Junge-Hammersley
No conozco a nadie que le guste levantarse temprano y menos ir al gimnasio a esa hora. El ejercicio me ayuda a relajarme. Flora no llegó. No me sorprende. Salgo del lugar para retirar una encomienda a las ocho. No hay un alma en el correo. Presento identificación y me entregan una caja chica, que no pesa nada. Con el bulto bajo el brazo, cruzo la calle hacia el café del frente, para servirme un bocadillo con un café espreso y la miro sin ganas. Vamos a descubrir su contenido con mi abuela. Además no conozco el nombre del remitente. No entiendo porqué me enviaron una encomienda, si no conozco a nadie en Chile. Nunca fui. Mi abuela solía viajar año por medio, para ver a la familia. Ahora prefiere quedarse en Toronto y esperar que vengan a verla. Pago la cuenta y salgo del café, respirando el aire fresco de la primavera que viste botones verde limón en los árboles del parque contiguo, y veo los semáforos descontrolados, mientras interviene la policía y vuelvo al café, junto al ventanal, esperando que pase la ola de tráfico.
La gente en tenidas primaverales, a pesar del frío de locos a principios de mayo, siguen el calendario que indica que estamos en primavera. Andan tan apurados que no les importa que el viento del norte siga entumiéndonos, aunque vistamos lanas, viscosa o algodón. Qué afán es ése, el de seguir las estaciones según el calendario que no han puesto al día, en vez de fijarse en lo que está pasando con el medio ambiente, de cómo cambia la temperatura en un mes en que no corresponde, si la primavera está fría o no, si los tulipanes toleran el frío y luego hace un calor que desilusiona a los turistas cuando descubren un mar de pétalos chamuscados en la tierra gracias a los goterones primaverales que caen sobre las flores durante la noche, a pesar de que el día está precioso y no queda nada que fotografiar.
Hace una punta de años que se habla de este peligro y nadie se preocupa. En una de esas subirán las aguas más rápido de lo que pensamos porque el clima cambia de a poco todos los años, sin darnos cuenta, algo así como ver crecer a los niños, y de repente no podemos conversar con ellos, a menudo más altos y sabios que nosotros, quienes no están de acuerdo con nuestra visión en diferentes planos. Así será que, aunque tome tres mil años, un día nuestros descendientes se vean obligados a vivir en barcas habitables, o los más afortunados en una de las casitas flotantes de Seattle, siempre y cuando no se haya desplazado la placa del Pacífico que se desliza lentamente bajo los Estados Unidos, afectando al resto del continente, que como se sabe, hará desaparecer porciones importantes de la superficie del país, equivalente a la mitad del mismo hacia el este, con impacto en los países vecinos y a medida que pase el tiempo, la civilización de California, la primera víctima junto a sus cavas de vinos y los túneles de piedra cavados a picota por esclavos chinos, para la protección del proceso de fabricación de una copia del champagne original francés. Los museos de San Francisco y sus tesoros, junto a los de otras ciudades a lo largo de la inmensa costa, incluyendo los barcos dedicados a la caza de focas, que zarpaban desde la bahía de San Pablo hacia el Atlántico Norte, podrán encontrarse quebrados bajo su formidable peso sobre las torres de roca del desierto, en el acuario en evolución permanente del nuevo paisaje submarino, el cual guardará el secreto de las estatuas milenarias, el contenido de las viviendas, los monumentos al deporte y los rastros de tecnologías que aún no conocemos, todo parte de otro futuro, el de los descubrimientos gracias a los arqueólogos encargados de etiquetar lo que puedan de la Atlántida del Pacífico. El rescate de tan precioso legado estará a cargo de equipos de buzos bajo el alero de consorcios globales, los cuales van a construir museos flotantes, incluyendo hoteles, con la intención de mostrar al mundo la historia de la California desde sus comienzos más humildes hasta su potencia económica, a través de las reliquias recuperadas del nuevo fondo marino, bajo las mareas furiosas del Pacífico Norte, las que no entregarán fácilmente su botín a lo largo de las playas desde el Dakota Norte, siguiendo hacia el sur hasta Tejas y Méjico, según el mapa obtenido por satélite mediante el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) que fue difundido en un programa del canal de televisión Discovery, el cual permite ver una proyección del continente norteamericano en tres mil años más, en donde no se ven rastros de los estados desaparecidos, bajo las aguas azules. Los tres mil años pueden convertirse en sólo mil, lo cual podría evitarse, si los líderes a nivel mundial lograran llegar a un pacto histórico en diciembre de 2009, para disminuir los cambios climáticos debido al calentamiento global, basándose en nuevas ratificaciones del acuerdo de Kyoto, con el apoyo de todos los países, en particular los Estados Unidos de América, India y China, incluyendo Canadá, que hasta hoy no ha hecho nada al respecto, prometiendo avances en el control de las emisiones nefastas para los seres humanos, en el manejo responsable de la energía obtenida de nuestros propios recursos y nuevas tecnologías. Hay que mencionar que gracias a las presiones que derivan de las conversaciones con otros líderes globales y sobre todo con la administración de los Estados Unidos, Canadá tiene la obligación de contribuir a este esfuerzo internacional.
Todos se sorprenden con los cambios que afectan nuestras vidas, escapando de la realidad de mil y una maneras. En mi caso recuerdo la hamaca bajo el sauce centenario, a orillas del río Bio Bio, en pleno verano, cuyo sol regala frutillas enormes y jugosas, que valen una merienda completa con crema sin pasteurizar, junto a los merengues fresquitos con el centro blando, que Carmen saca del mismo horno a leña, del cual salen delicias que ningún chef puede lograr. La campesina más sencilla sabe cuánto tiempo demoran en caramelizarse las torrejas de cebolla, en la superficie de la cocina a leña, para agregarlas al guiso, una caricia que no puede pasar desapercibida, ni siquiera por el más malhumorado dueño de casa, quien espera recobrar sus energías después de un día de trabajo. Por fin cruzo la calle y tomo el bus que me deja cerca de la facultad. Me agrada cruzar el parque a pié. Tengo un examen en la mañana y otro en la tarde, el último del trimestre. De ahí me voy a cenar con mi abuela.
Toco el timbre y abro la puerta sin cadena. Pasa hija, dice mi abuela desde la cocina. Estoy sirviendo el té, agrega, mientras acomodo mis cosas. Cuéntame cómo te fue en los exámenes la semana pasada. Todo bien abuela. Hoy traigo una encomienda que llegó de Chile. Quién te la envió, pregunta ella. No tengo idea, quisiera abrirla contigo. A ver, hay sobres en paquetes con elásticos y un sobre a tu nombre, con una nota para ti, que dice así: “Me dirijo a usted a pedido de un amigo. Le ruego tenga la bondad de repartir los sobres a quienes fueron dirigidos. Cada uno de ellos fue devuelto al remitente. Decidí cumplir contra mis propios deseos. Él no los necesita. La decisión queda en sus manos”. El mensaje no afecta a mi abuela: es la mano de una mujer, confirma y no me sorprende que fuera la misma persona a cargo del favor. Cierto es que algo pasó, vamos a resolver el asunto este fin de semana, con mis hijos, quienes lo ignoran hace años. Se portó mal. Él lo sabe o lo sabía y nosotros también. Sí abuela, le digo, tomándole la mano arrugada y tibia, mi madre habla de su padre, cuando se olvida que lo dio por muerto y como bien sabes, ella prefiere no hablar de la familia. Lo sé, dijo. Él me contó sus aventuras de cuando era joven y también sobre las de su abuelo Eloy, quien tenía una amante a los ochenta años. Nos dirigimos a la cocina con risitas a preparar la cena, no sin antes llamar a la familia, para invitarlos a reunirse el fin de semana, a pedido de su madre.
Limpiamos las verduras, conversando, escuchando tangos, preparando la carne para el asado, los mariscos para el chupe de locos y de postre, bizcochuelos y merengues, faenas culinarias de su generación, una delicia sin igual, entonando melodías y la abuela dice: puedes decirme porqué estás tan contenta, pregunta curiosa. Estoy pensando en tu novio, con quien se reían tanto, al que le contabas historias que lo tenía loco. Cómo romper el silencio. Abuela, no entiendo porqué te bautizaron Adriana, si no hay nadie con tu nombre en la familia y me muero de curiosidad. Pásame el cuchillo para la carne, niña, y ten cuidado, mira que es capaz de cortar el aire, dijo a punto de reírse, mientras hilaba las palabras para responder a mis preguntas. La dejé tranquila, porque algo se traía entre manos. Tiene la costumbre de entregarme información al azar, cuando menos lo espero.
Mis tíos y mi tía llegaron hoy viernes a la hora convenida y me gusta verlos entusiasmados, no se han visto desde hace tiempo. Mi madre llega a tiempo para la cena. La luz indirecta del comedor les regala una tez suave, un truco que los refresca para descubrir las delicias que se suceden como por encanto. Hablan animadamente, recordando anécdotas antiguas, el lazo que los sostiene a través del tiempo. A la dueña de casa le brillan los ojos y su presencia los rodea como una pantera al acecho, asegurando el flujo del sortilegio. El aroma del café, las trufas y el Coñac, los atrae a los sillones mullidos. Mi tía Clara lee la nota que llegó junto a los sobres y enseguida discuten el procedimiento para leer las cartas del padre, que ella reparte a cada uno. Cuentan con una hora entre leerlas a solas, y reflexionar antes de volver al salón. Llaman al primo en Temuco para averiguar sobre el abuelo, pero no responde nadie, y dejan un mensaje grabado. Mientras esperan la llamada, intercambian el contenido de las misivas, que no sorprende, puesto que las quejas y acusaciones por parte del hombre que fuera tan querido, a pesar de su carácter sombrío y secreto, aparentemente sigue quejándose de su situación en Chile, cuando se sabe que tiene una buena pensión. La noche se ha hecho larga, conversando y recordando situaciones de las que se hace cargo el tiempo, con más de una anécdota, dejando de lado sus problemas, para estudiar soluciones posibles. Con mi abuela en mis brazos, las voces se alejaron dulcemente.
domingo, 3 de mayo de 2009
miércoles, 4 de febrero de 2009
Testimonios de Vida - Violeta Parra
©Anita Junge-Hammersley
Todas las flores del jardín son tuyas y hoy escojo la rosa, por tu pasión. No hay nadie que no se hubiese detenido frente a tu puesto con bordados en el Parque Forestal, mientras tocabas la vihuela, princesa de los marginados, visionaria y humanista, llevando la delantera siempre. No fue tu tiempo y sé que volverás.
Todas las flores del jardín son tuyas y hoy escojo la rosa, por tu pasión. No hay nadie que no se hubiese detenido frente a tu puesto con bordados en el Parque Forestal, mientras tocabas la vihuela, princesa de los marginados, visionaria y humanista, llevando la delantera siempre. No fue tu tiempo y sé que volverás.
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