©Anita Junge-Hammersley
El arbolito japonés de la casa de enfrente, que fuera redondo como un globo el verano pasado, se ve tan descuidado, como un peinado afro sobre un soporte delgado, con “treads” rastafarios pinchados en la cabellera desordenada, como si fueran largos mondadientes, lo que no inquieta al hombre anciano acarreando bolsas de basura con dificultad, el paso lento y pesado como un paquidermo que va de mala gana desde hace por lo menos cincuenta y cinco años a cumplir con su tarea de los lunes en la mañana. Sólo una mujer compraría un árbol torcido, aunque sea japonés, fuera de lugar entre tanto pino que tampoco requiere cuidados especiales con su follaje denso, complementando arbustos color gris y ciruelo; veo detrás de la cabellera verde a una mujer sesentona, bien vestida, sin ninguna expresión facial, que se dirige al estacionamiento sin decir nada, abre la puerta del coche y se sienta desganada, acomodando el bolso con el laptop a sus pies, mientras su marido se instala detrás del volante, para ir a dejarla a la oficina, y ella mirando el reloj porque ya está en su escritorio, sin darse cuenta que el anciano sentado a su lado, quien la acompañara toda una vida, se había vuelto tan desgreñado como el arbolito japonés.
martes, 20 de noviembre de 2007
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