miércoles, 2 de enero de 2008

Carnaval Cultural

©Anita Junge-Hammersley

A veces me creo en Santiago, o en otro país latinoamericano, en el paradero de buses de Saint-Laurent, rodeada de gente del mundo entero, rumiando chicles, escupiendo al suelo, mujeres con coches de guagua, todo en idiomas distintos y una variedad de vestimentas, el comportamiento cultural propio y los ademanes correspondientes, cargados de bolsos con sus compras, porque hay liquidaciones en todos lados y los precios no pueden ser más bajos, la mentira de la comercialización sin fin, y la droga de la moda aumenta, en la ropa y productos para el hogar, y así me encuentro en este carnaval interminable, o como en el bus en la madrugada, los pasajeros sumergidos en su lectura, otros conversando de un asiento frente al otro en voz alta, y más tarde en el bus a la salida de las oficinas, recogiendo usuarios en cada estación a lo largo del recorrido, quienes hablan por el celular con alguien en casa a grito pelado, porque no se dan cuenta que el micrófono diminuto capta la voz humana sin que nadie tenga que compartir asuntos personales en medio de tanta gente agotada, que hasta dan ganas de quitarles el juguetito. A fin de cuentas, a la hora que viaje, pasa algo interesante, pasajeros que van del trabajo a otros lados, perfumados con colonias de farmacia o engominados, con peinados de varias épocas, confundiéndose en la confusión de gente averiguando en dónde bajarse para llegar a tiempo a algún evento, o a juntarse con amigos, y cuando vuelvo tarde del centro, son tres los buses con sus divertidas cargas, que no cesan de entretenerme; un estudio de situaciones permanente, el muestrario de la sociedad en el pueblito del parlamento y su valle de siliconas que no aumentan nada, la capital del desastre político sostenido, la cual se salva por los ciudadanos e inmigrantes que mantienen la rueda andando, por los niños que son el futuro y por los viejos que nos regalan su sabiduría, por los jóvenes estudiantes y los que se encuentran al margen, mis hermanos todos, al pie de la esperanza de un mundo mejor.