jueves, 3 de febrero de 2011

Recuerdos de Iquique

©Anita Junge-Hammersley

Salimos de Santiago con destino a Iquique, un día martes en la mañana. La compañía invitó a mi padre para hacerse cargo de las goletas en pleno auge de las anchovetas. Al pisar la loza del aeropuerto, supe que llegamos a un lugar diferente, miro a todos lados, con mi guitarra que no suelto, maravillada ante las olas enormes del mar que había visto desde el avión, reventando en la playa a metros del cabezal de la pista de aterrizaje y al mismo tiempo sentir el contraste del calor seco que irradian los cerros áridos de tonos amarillos, los que nos separan del desierto. Venía preparada para absorber lo que veía en el camino al hotel con la familia en dos taxis, pero no así el aire nauseabundo de la ciudad, producto de las faenas pesqueras, algo difícil de ajustarse. Al día siguiente nos inscribimos para el nuevo año escolar en los respectivos liceos puesto que en los colegios de Iquique no se aceptan niños laicos, nos dijeron, un favor que cambiaría mi existencia a lo largo del tiempo. Finalmente mis padres arrendaron una casita temporal para los seis, frente al galpón en donde practican las danzas para la fiesta de la Tirana con el ritmo sin cesar, hasta el mes de julio, de día y de noche, por turnos. No nos permitieron presenciar parte de los ensayos. Al final de cuentas nos acostumbramos a no escuchar el ritmo infernal.
Dentro de nuestras nuevas rutinas, el liceo, acompañar a mi madre, aportar mi cuota de tareas en casa, me encuentro descubriendo la ciudad y al mismo tiempo me siento lejos de todo, como en otro planeta, por la distancia y la tremenda diferencia en la vegetación y en la arquitectura peculiar, un lugar aislado en donde no sirven pasteles con crema, puesto que no la importan, dado el calor durante la mayor parte del año. Bolivia y Perú están más cerca que nunca, por lo cual hay una presencia militar fuerte, aparentemente tranquila, proveedores de eventos sociales para darle la vida a la ciudad.
Desde que nos cambiamos a la antigua casa centenaria frente a la catedral, con sus claraboyas en cada pieza y en el salón enorme, una suerte de vivir ahí, con el patio de sirvientes completamente carcomido por el ambiente salino de tantos años, y en lo que fuera alguna vez la embajada del Perú, converso a menudo con mi padre sobre lo que nos espera en esa ciudad antigua con tantos secretos, como por ejemplo el túnel emparedado hacia la catedral que está al fondo del pequeño patio con enredaderas. Él es un hombre leído en historia y en filosofía y entiendo su manera de pensar. Un radical masón, me inculca valores universales, y se entretiene con mis preguntas. Sabe que tengo un buen criterio a mi edad. Es reservista en la Fuerza Aérea y goza volar en escuadrones una vez al año. Los domingos es instructor de vuelo, su gran pasión. Cuando se relaja, es bueno para la tanda y tiene muchos amigos. Mi madre es una magnífica dueña de casa, tiene una pasión por la literatura, me inculca las artes a través de recortes, revistas, enciclopedias, conocimientos de una vida, sobretodo la música clásica, en particular la ópera, un lazo que nos une profundamente. No viajamos al extranjero, ni tuvimos la posibilidad de viajar, sólo visitando los abuelos en el sur y a veces a la playa, hasta mis once años. Conversando es como se transmite la información en casa, observando el camino, recordando a mi abuela Elena, la cual dejó este mundo sólo hace dos años, un vuelco en mi vida, el que me permite desconectarme del resto a voluntad, encontrando refugio en otra dimensión.
Caminando a clase por calles diferentes, me impresionan las casas planas de Iquique, de uno o dos pisos, con sus techos de latón que permiten evitar el calor, las fachadas desgastadas con tonos sepia, sobre lo que pareciera una bandeja de piedra y arena, apenas sostenida por los cerros altos que acechan el ir y venir de sus habitantes, de los barcos, los botes y las goletas, controlando el sol y la camanchaca, manto de nubes etéreas que cobijan las ánimas en pena de los mineros de Santa María.
En cuanto a las actividades sociales, puesto que Iquique está de fiesta todo el año, y que nadie puede darse el lujo de no ser visto, me permite asistir a eventos con mis padres. Si ellos no pudieran ir, envían a un chofer a buscarme, para mi protección, cosa jamás vista en mi vida. No puedo negarme, ni tampoco creer el nivel de comodidades que gozan los miembros de las fuerzas armadas, a partir del grado de capitán a general. Encontrarse en una esfera de amabilidades políticas deslumbra a los recién llegados, hasta que caen en el juego de las apariencias y las conveniencias. Es un mundo limitado y extremadamente controlado, casualmente cálido, una gran familia para los afuerinos que vienen a recoger sus cornucopias personales, incluyendo militares elegidos que instruyen a tenientes elegidos para asegurarles un futuro heroico en la sexta división, el puntal de la defensa en el ajedrez americano que juega a ganar. Madura para mis años no digo nada, pero no me pierdo ninguna conversación con los tenientes quienes por vanidad hablan más allá de lo conveniente, ufanándose sobre los entrenamientos en el país del norte. Ese medio no me agrada y mi imagen sobre las fuerzas armadas cambió en forma definitiva. Lo anterior contrasta brutalmente con las realidades de mis compañeras del liceo, quienes llegan desde las Oficinas, muchas de ellas sin desayunar, sacándose malas notas debido al hambre, la escasa motivación y la falta de apoyo de sus familias que no tienen más que su pobreza y la ausencia total de esperanza, para ellos y sus hijos. Algunas se desmayan en clase. Entre las alumnas y profesoras que pueden, proveemos motivación y apoyo, eliminando las carencias de las compañeras de curso, ayudándolas con las tareas, y desayunos, para que pasen el año. Participamos en varias actividades del liceo, típicas de pueblos chicos, desfiles de disfraces hechos por nosotras mismas, con una creatividad extraordinaria y con la ayuda de los presos que nos confeccionaron los sombreros de fantasía para los festivales.
El día de mi cumpleaños catorce, mi padre me propone reservar tres horas del día siguiente, para una sorpresa. Esa tarde tocan el timbre y mi padre abre la puerta. Una citroneta con dos individuos espera, el otro joven lo saluda con deferencia. Hija, me dice con su voz baja, éstos jóvenes te van a acompañar, dice, tomando mi mano en las suyas y entró a la casa. Partimos hacia un lugar secreto con mis ojos vendados perdida en el enredo de calles para no saber a dónde me llevan, y al llegar me guían por pasillos y escaleras, hasta una sala en la que me dicen que no me preocupe. De pié en medio de un silencio absoluto, un varón me hace preguntas a las que respondo con lo que me soplan y eventualmente me sacan la venda. Se trata de mi iniciación, una ceremonia masónica, templarios a lo largo de las paredes, calaveras y huesos dispuestos sobre la mesa, velas, encantaciones extrañas, invitándome a indicar mi deseo de integrarme al grupo. Acepto. Es el momento más impresionante de mi vida, porque mi padre, me ofrece el regalo más querido, su confianza en mis capacidades, bajo el alero de la Federación Laica Estudiantil Chilena. Desde ese día paso los fines de semana con el grupo en una casa antigua, con tablones sueltos, preparando y leyendo ensayos sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad, mientras mis amistades se broncean en la playa.
Aunque no lo supe en ese momento, la experiencia que acumulara durante los dos años en Iquique me prepararía con creces para los eventos que precedieran la pesadilla grande de 1974, siendo yo junto a mi familia una de tantas que fueran dispersas por el mundo.
De vuelta en Santiago no fui al colegio privado, sino al Liceo 9, en donde participé en episodios teatrales con mis compañeras de curso. Una vez graduada, trabajé en el sector privado a título de secretaria y a los dieciocho años me casé. Mi marido y yo trabajamos para el partido y en un evento de mujeres que tuvo lugar en el edificio de la UNCTAD, me encontré con tres compañeras del Liceo 9, quienes me dijeron qué haces tú, no esperábamos encontrarte acá, y me abrazaron con gran alegría. Después de tanta emoción me topé con Berta, del Liceo de Iquique, quien se abalanzó sobre mi persona, feliz, llena de noticias, entre ellas, que mi profesora de castellano Ester Guerra, se había casado y que era comunista, tanto así como mi querida directora la Sra. León. La alegría fue tremenda y guardo el recuerdo de todas ellas, por siempre, esperando que estén vivas y bien.

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