©Anita Junge-Hammersley
En un atardecer nevado, aterrizamos en Montreal, poco después del golpe de estado en Chile. Mi marido y yo veníamos con dos niños y dos maletas. Los agentes de Aduanas y los oficiales de Inmigración nos desearon la bienvenida, sin siquiera ofrecernos una sonrisa. Apenas confirmaron que la documentación de inmigrantes recibidos estaba en orden, nos desearon buena suerte, indicándonos la salida hacia el paradero de taxis. Qué hacer en medio de la nada mental, sin saber a dónde ir. Con un mísero inglés insistí que nos pusieran en contacto con alguien que nos dirigiera al lugar en donde residían temporalmente otros chilenos y luego de largos minutos recibimos instrucciones de dirigirnos al centro, la dirección precisa escrita en un papel blanco.
Con la ayuda del personal de la YMCA, nos instalamos en el quinto piso, en donde se encontraban las familias chilenas. Un dormitorio para los niños y otro para los padres. En la cafetería se acercaron de a poco los compatriotas que venían del norte, de la zona central y del sur, profesionales, obreros, profesores, dueñas de casa y al poco andar nos juntábamos a diario visitándonos en los dormitorios ordenados, para intercambiar informaciones de cómo navegar por el centro y el metro sin perdernos. No faltaban las anécdotas del día, las inquietudes sobre nuestro futuro y lo que nos pasó antes de venirnos. Las mujeres y los niños utilizaban el baño común del piso con duchas amplias y varios lavatorios, para acomodar a varias personas. Nuestros maridos, algo preocupados en un principio, compartían el baño y las duchas con los varones del noveno piso, a donde iban en grupos de tres o más individuos, puesto que uno de ellos fue objeto de la atención de una patota de hombres agresivos gay, mientras se duchaba solo. El afortunado logró liberarse de ellos a gritos y a patadas, lo que causó un alboroto inusitado en nuestro círculo, incluyendo las tallas inevitables del caso. La policía visitaba el piso nueve casi todas las noches, para resolver peleas de enamorados.
A las dos semanas ya estábamos en familia y nos divertíamos practicando el francés:
– Vonchur, comán sa vá – decían los compañeros. Mersí bocú era muy fácil y solíamos agradecer cada gesto de parte de los quebecuás. Y así pasaron los días, hasta que durante una velada familiar el Lalo me preguntó:
– Oye, ¿toca’i guitarra rucia?
– Si, pero no tengo pa’ cuando conseguirme una.
– Quiero organizar un conjunto pa’ la próxima peña –dijo sonriendo.
– ¡Qué peña, si acabamos de llegar!
– Mis hermanas cantan relindo y también tocan guitarra –dijo con ojos brillantes.
– Que canten, que canten –respondimos en coro.
– La Nena y mi mamá cosen, así es que no tenemos problema con los músicos y los trajes –agregó campante, tocando la guitarra para desentenderse del asunto, porque sabía que le iba a llegar.
– ¿Trajes? ¡Y de dónde vamos a sacar telas si apenas nos dan ocho dólares para comer lechuga y cereales con leche el fin de semana! –reclamó la Nena.
– No le cortís la onda –dijo la Sonia tratando de evitar un malestar.
– Oye Nena –interceptó Gloria, – ¿porqué no circulai’ las fotos del conjunto en Chile? Mira que están bonitas pa’ hacernos una idea, sacar los cortes y estilos pa’ cuando consigamos género.
– Chis, tiene la cabeza llena de proyectos compadre, concretice, mire que no es llegar y armar un conjunto con gente que ni sabe bailar cueca –dijo una voz chillona, luego de rumiar lo anterior desde un rincón.
Jorge discrepaba con el Lalo en asuntos de folclor desde que se conocieran un par de semanas atrás, camino a clase de francés. Sus diferencias iban más allá de los estilos coreográficos. El cortacircuito químico entre ellos era invisible y palpable a la vez.
En la iglesia al lado del Pont-Bridge nos reservaron la sala comunitaria para la peña siguiente, la que tendría lugar en diez días más. El conjunto Los Chilenos actuaría con lo que encontraran: pollera de un tono y blusa para las mujeres y pantalones oscuros y camisa blanca para los varones. Todos se procurarían pañuelos en Sainte-Catherine y los hombres harían sus propias hojotas. Fue toda una novedad el hacer trabajos manuales para más de alguien en el grupo. Encontramos a tres abuelitas dentro de la nueva comunidad latinoamericana, dispuestas a vigilar y alimentar a los peques de varias edades durante el evento.
Las clases de folclor tuvieron lugar en un edificio abandonado en el Viejo Montreal. Jorge era muy estricto y Lalo era muy alegre, casi juguetón. Daba gusto verlo con su pañuelo aleteando casi tocando el piso pa’ pincharse a una pollita, haciéndonos zumbar repitiendo pasos y coreografías, canto y guitarreo, uno regañando y el otro entonando huifas y tiquitiquitís para entusiasmar a los bailarines, hasta que sacamos la cueca tradicional, la nortina y la polca. Al final de cuentas dejaron a Laura en el grupo de guitarreras, porque era demasiado alta. Rubia y alta, qué diantres hacía allí, dijo ella, resignada.
– Atención compañeros, atención –llamó al orden el Lalo.
Nos encontrábamos en el local de la Asociación de Chilenos en Saint-Laurent, segundo piso, para el ensayo general.
–Ya po’ flaco, déjate de lesear: los chicos se van a la otra pieza con las visitas. Chiquillas: la Laura afina las guitarras y ustedes síganla. Ella sabe seguirme con los ritmos. Hermanas, Carmen, Gladis ¿dónde está la Gladis? ¡Ya niña toma la guitarra! Todas cantan, ¿me entienden? todas cantan y tocan guitarra.
– Oye, ¿no iba a bailar cueca yo? – reclamó una de las mujeres.
– Cooperen por favor, hoy vamos a decidir quién hace qué y cuándo. Tengan paciencia y sigan a Laura en las entradas y el ritmo. ¡Los bailarines al centro! ¡Vamos hombre! ¿Me oyeron? –insistió el Lalo.
Se armaron las parejas de baile y comenzó la práctica. Los niños jugaban tranquilos al fondo, amigos y familiares dieron de comer a los peques, hurgueteando bolsos, destapando bebidas y compartiendo juegos, cuadernos y lápices, para que se entretuvieran.
Fueron horas largas y agotadoras, las tallas volando, la flor de vocabulario. El Lalo era de chistes sanos y tenía una energía sin fin. Una ventisca despiadada nos recibió al salir del local a las once de la noche, con gorros y guantes, bufandas de a dos vueltas sobre el abrigo, a tiempo para tomar el último metro hacia la estación Peel. Nadie hablaba en el tren, los niños durmiendo en nuestros brazos. Era un esfuerzo ir a todos lados con los chicos a cuestas, todos los días, durante un mes, consiguiéndonos ropa o un lugar para vivir, entre ensayos y reuniones, cosiendo y aprendiendo francés. Fue una experiencia inolvidable, la que nos sirvió para nivelar las diferencias personales y aprender a coexistir con nuestro bagaje emotivo.
En la noche de la peña, llegamos con bolsos y los trajes, maletines con el cocaví y un par de dólares para una empanada, las guitarras y los niños. Salimos sonriendo al escenario, sabiendo que triunfaríamos. Un tipo gritó – ¡Que se baje la gringa! –dirigiéndose a Laura, a lo cual respondió por el micrófono que era chilena y que subiera inmediatamente, para aclarar la situación, si se atrevía. El silencio se hizo sentir en la sala.
El Lalo no hacía presentaciones. Una vez que las guitarreras nos acomodamos en las sillas frente a los micrófonos, salieron las parejas una por una formando una media luna. Conté los pasos, hice un gesto con la cabeza y partió la cueca, las canta’oras llamando “vuelta”, las bailarinas levantando apenas sus polleras con dos dedos de la mano izquierda, el pañuelito con la gracia de mariposas coqueteando, los hombres rondando a sus parejas, incansables, pañuelo al viento. Con el último rasgueo de la cueca coja el público aplaudió gritando Viva Chile, El Pueblo Unido Jamás Será Vencido, los puños en alto, emocionados y agradecidos. Todos de pie, les regalamos otra polca y una cueca, resucitando el patriotismo que habíamos relegado al olvido machucado. Esa noche no voló ni una mosca durante la presentación y las empanadas al horno y el tinto no dieron a basto.
viernes, 6 de junio de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario