miércoles, 4 de junio de 2008

martes, 3 de junio de 2008

Cerrando el Círculo

©Anita Junge-Hammersley

El taxista conduce como un loco desaforado y en medio de su angustia mi abuela me pregunta si tengo el celular para que la llame desde el terminal, sí, le digo, y ya la echo de menos, y que llame a su hermano apenas llegue, puede que se le olvide, dice, y le prometo que lo contactaré aún cuando vea a Tani saludándome desde el balcón, ya vamos llegando a la puerta de Air Canada y veo a Flora haciéndonos señas, entre tanto gringo y ella morocha venezolana, sabe que me gusta llegar adelantada para no correr, dame la mano abuela, no te vayas a tropezar ahora que llegamos vivas, el chofer sacará la maleta, sabes que viajo con poco, digo, qué ajetreo fue el organizar este viaje repentino que resolverá tantas preguntas, ojalá encuentre a mi abuelo, el objetivo de mi viaje, las pistas para ubicarlo no llevan a ningún lado, porqué tanto misterio.
Allí vienen a mi encuentro, las amigas me felicitan porque llego y porque me voy, si durante mi cumpleaños festejamos todo junto dos semanas atrás y ahora parto sola sin estar sola, sólo voy sola y bien acompañada de la autobiografía de mi abuela, es porque te quieren, leo en sus ojos viajados, pero si vinieron todos, tanta gente, y más rato estaré rodeada de cientos de pasajeros que compartirán dos baños diminutos conmigo, en el que espero no me trague el agujero con el remolino azul que me expulsará como un dragón hacia Cuba o a Venezuela, dependiendo del viento y la altura, si los tornillos del avión están sueltos, qué piensas, dice Flora, quien no se pierde un gesto de mi cara ni una doble v en una conversación, ahora acerquémonos al mesón para confirmar el pasaje electrónico dice, no, le digo, si hay terminales como en el cine, compras billetes con la tarjeta de crédito, lo mismo haré aquí, ayúdame con el carro que está algo pesado, por favor lleva a la abuela de vuelta a casa una vez que pase a policía internacional, no quiero que tome un taxi con la pensión que recibe.
Menos mal que no tengo que aterrizar en los Estados Unidos, me voy directo a Santiago, sin problemas, ay niña, cuidado que me vieron entregando la maleta y no alcanzaré ir al baño antes de dirigirme a policía, vienen a despedirse ahora, no hace más de diez minutos que me dieron la bienvenida, digo, tranquila que es parte de la ceremonia, dijo, te presento a la amiga que compartirá mi departamento el próximo semestre, dijo Flora, me voy a hacer vida de estudiante, no, no me hables de la universidad, acabo de terminar el semestre, grité en silencio, gusto de saludarte, digo amable, aterrada ante el prospecto de su abrazo enorme, el gusto es mío dice, mientras toda su humanidad me aprieta dejándome sin aliento, logro zafarme con la sonrisa fija, los ojos vidriosos, para caminar juntos hacia la puerta de control que está más allá.
El aeropuerto es un corral enorme y moderno en el que me pierdo, nos perdemos y luego nos encontramos, en medio de los anuncios por los altoparlantes, para luego despedirnos por enésima vez, feliz viaje resuena en la bóveda del lugar, como en las bóvedas en las estaciones de trenes, algunas estaciones de metro y en las catedrales, los saludo con una sonrisa, levantando el brazo con un gesto de despedida, escríbenos o envía postales llaman las voces sobre las voces de otros parientes, de otros pasajeros, no quieren que me vaya, esa es la verdad, aunque me ven de vez en cuando nada más, les preocupa el vuelo, me da miedo volar, la abuela lo sabe, cálmate mi amor dice, es bueno soltar los nervios, digo, tu cara es una mueca, el pelo un desastre, dice Flora, piensa en el vaudeville en el que actuaste con la abuela, ríete con el recuerdo de lo bien que lo pasan juntas, cierto, le digo, llevando a mi abuela de la mano hacia la puerta conmigo, mis padres siempre juntos ya me besaron, observan desde lejos, como me despido de ella con cada paso, cada gesto, sin dejar de sonreír, con Shawn al lado, están todos más distantes, menos Shawn, quien a lo largo de todo ese tiempo me miraba con expresión de mimo, delatando su amor de mil maneras, sin llamar la atención del grupo que me acompaña, luego me seguía, enseguida lo seguía, nos seguimos porque nos seguiremos siempre.
Tengo todo, toco el bolso, siento la billetera, no, es la cámara que tiene el tamaño de una tarjeta de crédito, no olvides de enviarles fotos, no te lo perdonarían, suelo tomar pocas fotos, como puntos de referencia de mis impresiones, no soy fotógrafo ni tengo un fotógrafo, sólo tengo a mi amor rodeándome con sus ojos, la cámara en la mano, te quiero me dice, los demás no importan, las fotos lo cuentan todo, no puedo perder mi cámara, porque no puedo recuperar las fotos, digo, la tarjeta de crédito se recupera para comprar otra cámara digital del tamaño de una tarjeta de crédito dice Shawn, siempre olvido sacar fotos, no falta quien que me lo recuerde, te saco una foto, no poses, que no sale natural, date vuelta, camina más suelta, relájate, sonríe, tápate el escote, mueve la cabeza un poco más hacia la derecha, junta los pies, sé natural, hasta que me doy vuelta y resulta una foto marchándome en sentido contrario.
El viaje está cerca, detrás de los agentes, paso a verificación, veo el monitor, mis enseres dentro del bolso parecen objetos peligrosos, limas de cartón para las uñas, me molestan los radares que enmarcan mi presencia hasta entre las piernas, traen al presente lo que cuenta mi abuela cuando la llevan detenida, de cómo la tratan en su propia casa, tolerando la revisión, esta vez con cuatro manos y dos metralletas hundidas en su cintura, sin decir nada, se la llevan al retén, luego la suben a un autobús de carabineros, para el viaje de veinte minutos, los torturados en el suelo, ella y las demás detenidas de pié sobre los ensangrentados, culatazos a los que gimen, culatas bajo sus polleras, en Toronto vamos colgando de los fierros, bailando como jamones empujándonos y pisándonos unos a otros hasta llegar al terminal nuevo del aeropuerto, embarque para América del Sur, no hablo con nadie, parientes y amigos parten a casa uno por uno, nosotros en el terminal, palabra que no me gusta por el uso universal, cubre suplicios, el fin de un viaje que quisiéramos continuar, amores trágicos, todo reversible, cuestión de voluntad, al fin de cuentas nos llevan de un desembarcadero a otro, en vuelos largos, cortos, sentados sobre contenedores de combustible, la comida no es un sueño, pido ensalada, veo la película, una comedia, como, me acomodo en los cojines y me cubre la frazada, me río desde un comienzo, y luego me sorprende ver a mi abuela entrar en la celda, somos setenta y cinco mujeres, todas la miramos en forma solidaria, mientras los tenientes la manosean entera, se van, y le explicamos cómo marcha la cosa, algo le sucede porque no siente miedo, la observo durante tres días y sólo al cuarto sucumbe, lloramos juntas, ella en mal estado, abrazándola, se ve tan joven con su minifalda, no molestamos a las demás prisioneras, alguien me toca el hombro avisándome que tengo una pesadilla, me ofrecen agua y vuelvo a dormirme, perdiéndome la aguja larga del amanecer, roja como los copihues, antes de estallar para dar paso al sol, según mi abuela.
Me despiertan con el desayuno, el avión descendiendo, mientras me refresco la cara y el cuello con agua fría, me cambio la blusa, me amarro el pelo, pero quién me abrazará primero, estoy tan feliz de saberme pronto con la familia, no importa quién sea, los árboles crecen rápidamente al aterrizar, veo la cordillera de los Andes extensa con un manto blanco y sombras azules, la cordillera central verde, aparecen las chozas, luego las casas, veo los automóviles por carreteras estrechas, un retoque de maquillaje, estamos aterrizando, qué alegría y anticipación por conocerlos a todos, encontrar al abuelo con el poder que me dieran sus hijos y ayudarlo en lo que sea en nombre de la compasión que todos merecemos, aterrizamos, espero mi maleta, recorro con la mirada el balcón sobre las correas transportadoras y descubro a una anciana de cabello blanco, tiene que ser la Tani, mi bisabuela, saludo levantando el brazo, ella agita una flor, sonríe enjugando una lágrima, como para no olvidar este momento, lanzo besos, grita la sangre, se me pasa la maleta, qué más da, la veo apoyada en alguien, probablemente mi tía abuela, la menor de los hermanos, rescato mi maleta, paso por aduanas con una rapidez sorprendente, la gente esperando afuera agitando letreritos con nombres, llamando, gritando, mientras salgo al pasillo y me fundo en los brazos que me esperan desde que nací.

La Inmigrante

©Anita Junge-Hammersley

Labores del sexo, dice en la página dos de mi pasaporte chileno, con la tapa de plástico rosada, con el que llegué seguida por el doctor y los chicos a Dorval.

Estoy doblando pañales, conté sesenta y cinco, pero cómo, si sólo tengo sesenta, mientras sigo el drama en la telenovela, viendo que la heroína llora desconsoladamente, porque el novio la dejó por la mujer del hermano de su amigo que trabajaba como socio en la administración de un hospital, en donde todos los personajes son apuestos, bronceados y bien vestidos, las mujeres cubiertas de joyas, cosas que suceden en la pantalla en blanco y negro a la hora de la siesta. Apenas vuelvan de clase mis hijos mayores, voy a levantar a los chicos de uno y dos años, a las tres y media todos toman su leche con galletas y luego van a jugar o a hacer las tareas, hasta la hora de la comida. A eso de las ocho, Álvaro saca al perro ovejero antes de preparar sus cosas para el colegio y a las nueve todo el mundo se va a la cama. Con mi costurero me voy al salón a remendar calcetines y bastillas, mientras escucho las noticias del día junto al doctor, el padre de mis hijos.

En qué estará mi vieja, sabiéndola preocupada por mi, a pesar de tener el privilegio de vivir en este lindo pueblito a media hora de Montreal, una urbe llena de restoranes con puertas acogedoras y menús de soñarlos en las vitrinas, y las curiosas escaleras de hierro en la calle Saint-Urbain que detesté al llegar y luego adopté, y el paseo por el Mont-Royal, recordando que lo hago todo en la casa sin ayuda, arreglándomelas de lo más bien, conversando en inglés coloquial con los niños, francés con sus profesoras y con algunas vecinas quebecuás, volviendo al castellano cuando llega el doctor, quien no acepta que hablemos idiomas extranjeros en su presencia, sobretodo el inglés, la lengua del enemigo, ni la música chillona. Miro el reloj antes de ir a buscarlo a la estación del tren, a unos minutos de casa, recojo los juguetes y limpio todo en tres segundos, para evitarme una mirada de displicencia.

Dónde está la injusticia, digo hablándome a solas, separando y enrollando calcetines sin fin, si hasta en Inmigración me trataron bien, a pesar de las olas de refugiados que se sucedían, pero no quedaba otra que tener paciencia. Tan largos que se me han hecho los años en este infierno privado del cual no puedo arrancar como no puedo arrancarme las pesadillas de mis recuerdos, seis años en esta prisión machista, celos porque me miran, celos porque miro y me voy endureciendo y tolerando migrañas eternas. Claro que sé en qué está mi vieja, pensando en mi vida, mi renuncia temporal, en todo lo que no pasó desapercibido durante sus visitas, las dos veces que vino a acompañarme, después de cada parto acá.

Antes de acostarme voy a sacar la basura al patio y enseguida voy a armar los bultos de prendas blancas, de colores y delicadas, porque mi lavadora de segunda mano acepta sólo media carga a la vez, lo que toma buena parte de la mañana. La compré a escondidas de mi marido, antes que llegara mi madre para el nacimiento de Clara, porque en ese entonces lavaba pañales y ropa en la tina de baño todos los días durante tres meses, con mis manos hechas tiras. Imagino el horror en el rostro de mi vieja, si me hubiese visto en esa faena. Cuando se lo conté a título de anécdota, ella no titubeó al conversar seriamente con el doctor, respecto a mis condiciones en ese ambiente, encarándolo como sabe hacerlo. Esa obsesión porque yo hiciera las cosas como las compañeras que lavaban en artesas, no tenía sentido y no era necesario. La cuestión era que mi esposo me tenía lavando de rodillas con un embarazo avanzado, cuando allá en Chile contaba con una lavadora FENSA. Camino a la cocina para servirme un café, sé que he dado una pelea digna de una mujer que no se dejará llevar por mucho tiempo.

El subterráneo de nuestra casa es amplio, hay juguetes, y un triciclo para entretener a los niños cuando el tiempo no les permite salir al patio. La lluvia me obliga a colgar la ropa mojada en los cordeles amarrados al techo, humedeciendo el ambiente lo que atrae arañas que se escurren entre las cajas de cartón llenas de papeles. Cómo olvidar la caja con las revistas Penthouse que descubrí accidentalmente y la reacción del doctor, cuando indagué al respecto. No quise ofenderte con los desnudos, sólo me interesan los artículos políticos de la publicación, dijo molesto, sin darse cuenta que no respondí a su insulto. A esas alturas, con cuatro hijos a los treinta años, por fin pude echarle una miradita a las famosas revistas cuyo contenido me entretiene, en particular los comentarios de Mme Hollander, dando libre curso a mi imaginación, la que no puedo expresar en casa.

Conocimos a dos familias chilenas hace un par de años y nos turnamos durante los fines de semana, para recibir a los demás, socializando en un entorno que nos recuerda nuestra identidad. Las mujeres coordinamos las actividades en el hogar, atendemos a los niños, asegurándonos que practiquen sus deportes y tenemos la responsabilidad de mantener el equilibrio emocional del grupo, mientras seguimos peleando por nuestra libertad, por el derecho de expresarnos sin sanciones de los maridos y participamos en la comunidad, en cooperativas y en mi caso, hago de taxista del clan. Lo anterior no debería impedirme estudiar de noche en la universidad, porque atiendo ocho niños en casa, dos bebés y seis escolares y trabajo en una tienda de jueves a sábado por algunas horas, para entregarle mi sueldo al doctor, quien trunca mi sueño año tras año, con promesas vanas, diluyendo el cariño que sujeta nuestro frágil matrimonio, mi exilio intracanadiense.

Hace tres años compramos un Volkswagen usado y lo dejamos donde el concesionario porque aún no teníamos carné de chofer. Al cabo de varios meses, me aburrí de pagar un auto estacionado y me inscribí en un curso de manejar. Le avisé al doctor, mientras me dirigía al coche-escuela estacionado frente a la puerta. No dijo ni pío. Durante el invierno ya conducía valiéndome sólo del freno de mano, en la nieve y sobre hielo, lo que me permitía dar vueltas de 180 o 360 grados, ante la incredulidad de mi madre, quien se agachaba con los niños en cada esquina peligrosa, porque para mi marido, cambiar los frenos no estaba en el presupuesto. Suena el teléfono en la cocina: Paula me recuerda que tiene entrenamiento de patinaje hoy. Cuando llega le paso el bolso con su equipo y nos subimos al coche para llevarla a la “arena”. Álvaro se queda con los menores hasta que vuelva. Me voy sin apuro entre los árboles vestidos de colores cálidos, pensando que hay suplicios y abusos a los derechos humanos hasta en la casa, los que toman formas insospechadas. La solución nos mira de frente. Siempre. No hace falta culpar a las instituciones, al gobierno o a las divinidades a quienes encargamos nuestro bienestar.

miércoles, 2 de enero de 2008

Carnaval Cultural

©Anita Junge-Hammersley

A veces me creo en Santiago, o en otro país latinoamericano, en el paradero de buses de Saint-Laurent, rodeada de gente del mundo entero, rumiando chicles, escupiendo al suelo, mujeres con coches de guagua, todo en idiomas distintos y una variedad de vestimentas, el comportamiento cultural propio y los ademanes correspondientes, cargados de bolsos con sus compras, porque hay liquidaciones en todos lados y los precios no pueden ser más bajos, la mentira de la comercialización sin fin, y la droga de la moda aumenta, en la ropa y productos para el hogar, y así me encuentro en este carnaval interminable, o como en el bus en la madrugada, los pasajeros sumergidos en su lectura, otros conversando de un asiento frente al otro en voz alta, y más tarde en el bus a la salida de las oficinas, recogiendo usuarios en cada estación a lo largo del recorrido, quienes hablan por el celular con alguien en casa a grito pelado, porque no se dan cuenta que el micrófono diminuto capta la voz humana sin que nadie tenga que compartir asuntos personales en medio de tanta gente agotada, que hasta dan ganas de quitarles el juguetito. A fin de cuentas, a la hora que viaje, pasa algo interesante, pasajeros que van del trabajo a otros lados, perfumados con colonias de farmacia o engominados, con peinados de varias épocas, confundiéndose en la confusión de gente averiguando en dónde bajarse para llegar a tiempo a algún evento, o a juntarse con amigos, y cuando vuelvo tarde del centro, son tres los buses con sus divertidas cargas, que no cesan de entretenerme; un estudio de situaciones permanente, el muestrario de la sociedad en el pueblito del parlamento y su valle de siliconas que no aumentan nada, la capital del desastre político sostenido, la cual se salva por los ciudadanos e inmigrantes que mantienen la rueda andando, por los niños que son el futuro y por los viejos que nos regalan su sabiduría, por los jóvenes estudiantes y los que se encuentran al margen, mis hermanos todos, al pie de la esperanza de un mundo mejor.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Respuesta a Teresa

©Anita Junge-Hammersley

Qué bueno fue recibir tu misiva, me arreglaste el día. Cómo has estado. Espero que bien, en este otoño desordenado que se las arregla para entretenernos con sus juegos de colores y el aroma de tierra mojada con un guiño de hielo.

Me gustó tu saludo antiguo con sabor a bisabuelas, mujeres heroicas, cada una en su pedestal y nosotras quejándonos de qué, si nada ha cambiado, sólo los aparatos electrónicos, los medicamentos, la moda, las mentiras que se venden según los tiempos, y la miseria del alma alimentándose de la miseria de los desposeídos, siempre merodeando en los mundos paralelos que pocos ven, porque no prestan atención a lo que los rodea, ignorando que el mundo cambia de piel como una inmensa culebra, dando a luz nuevas ideas, nuevos sueños, todo nuevo al alcance de la mano, incluyendo las ilusiones que nos inventan y las que inventamos, día tras día, junto a la razón y al pensamiento.

martes, 20 de noviembre de 2007

Esperando el Bus

©Anita Junge-Hammersley

El arbolito japonés de la casa de enfrente, que fuera redondo como un globo el verano pasado, se ve tan descuidado, como un peinado afro sobre un soporte delgado, con “treads” rastafarios pinchados en la cabellera desordenada, como si fueran largos mondadientes, lo que no inquieta al hombre anciano acarreando bolsas de basura con dificultad, el paso lento y pesado como un paquidermo que va de mala gana desde hace por lo menos cincuenta y cinco años a cumplir con su tarea de los lunes en la mañana. Sólo una mujer compraría un árbol torcido, aunque sea japonés, fuera de lugar entre tanto pino que tampoco requiere cuidados especiales con su follaje denso, complementando arbustos color gris y ciruelo; veo detrás de la cabellera verde a una mujer sesentona, bien vestida, sin ninguna expresión facial, que se dirige al estacionamiento sin decir nada, abre la puerta del coche y se sienta desganada, acomodando el bolso con el laptop a sus pies, mientras su marido se instala detrás del volante, para ir a dejarla a la oficina, y ella mirando el reloj porque ya está en su escritorio, sin darse cuenta que el anciano sentado a su lado, quien la acompañara toda una vida, se había vuelto tan desgreñado como el arbolito japonés.

martes, 9 de octubre de 2007

Casados

©Anita Junge-Hammersley

La mejora cómoda en un barrio tranquilo
la cocina hechiza y el estanque de agua
los elementos del primer hogar
en el que nacieron dos de mis niños

Dos piezas modestas
una con dos sillones de mimbre y libros
y un dormitorio compartido en un arreglo alegre
dos cunas a un costado
y dos cómodas frente a la cama
que hacía las veces de mudador extendido

En la artesa remojaba la carga de ropa del día
mientras nadaban los pañales
en la caldera sobre el fogón
manos coloradas enjuagaban y estrujaban la ropa
y las alas blancas aleteaban juguetonas al sol